Mi encuentro con Don Bosco
En octubre de 1854, con poco más de doce años, fui con mis padres a Turín a ver a don Bosco, a la Casa del Oratorio San Francisco de Sales. La idea de entrar pupilo allí no me agradaba demasiado, pero era la única forma en que un chico que tenía una buena capacidad pero que no se decidía a aprovecharla (en eso estaban de acuerdo mis padres y el párroco) Por otro lado yo deseaba ser médico pero no tenía recursos para irme a la ciudad y si me quedaba en mi pueblo llegaría a ser, como mucho, un buen barbero.
Don Bosco, que entonces tenía treinta y nueve años, escuchó a mis padres con interés y después, para mi asombro, dijo que debía conversar conmigo a solas. ¿Me preguntaría cosas de religión? Traté de recordar los nombres de los apóstoles: Pedro, Juan, Santiago... ¿Tomás? ¿Goliath?. Pero no venía por allí la cosa.
- No te preocupes, no te preguntaré los nombres de los apóstoles... _ dijo sonriendo
¿Cómo lo sabía? Yo entonces pensé que había acertado por casualidad. Después comprobaría que no era así.
- Pero ¿podrías decirme la genealogía de Cristo...? La de San Mateo, que es más corta.
Cuando advirtió mi desconcierto sonrió.
- Mira, no voy a preguntarte cosas complicadas, pero sí cosas un poco molestas. ¿Te animas a ser sincero?
- Sí, dije, sintiéndome totalmente en confianza.
- ¿Te gustaría venir al Oratorio?
- Si pudiera quedarme en mi pueblo, me quedaría. Pero si quiero ser médico, tengo que estudiar y aquí tendré oportunidad de hacerlo.
- ¿Médico, eh? Lo tienes decidido. ¿Y cómo te portas?
- No tengo problemas para obedecer a los maestros, pero a veces me peleo con mis compañeros.
- ¿Pelea verbal o...? _ y levantó los brazos como un boxeador poniéndose en guardia
Yo también me puse en guardia.
- Sí, de esas peleas.
- ¿Y qué cosas te sacan de las casillas, si se puede saber?
- Que se metan con mis padres o con mis amigos o, bueno...
- ¿Qué más? ¿No sabes perder?
- Que me digan tedesco.
- ¿Tedesco, es decir alemán?
- Pues sí, como soy rubio nunca falta algún idiot... quiero decir, algún chico que diga que no soy piamontés... Y eso me molesta muchísimo. Esto tenía su importancia pues en esos años las guerras con los germanos eran constantes.
- Así que eres un tipo de pocas pulgas...
- No, ¡al contrario! Como ando todo el día con mi perro, tengo bastantes pulgas...
El sonrió.
- Me imagino. ¿Sabes? Aquí también hay un perro. Se llama Gris. Es bastante misterioso, ya te contaré alguna de sus historias.
Seguimos charlando un buen rato. Me di cuenta que ese sacerdote sería un buen amigo. Le conté todo y me escuchó con afecto. Al final me dijo:
- Oye, ¿no quieres que le rompamos los cuernos al demonio?
Entendí que me invitaba a confesarme y no me resistí. La verdad es que llevaba tiempo sin hacerlo. Me dio unos consejos y luego me señaló la puerta de la iglesia, para que pudiera cumplir la penitencia, mientras él hablaba con mis padres.
Al salir, los vi sonrientes. Don Bosco me aceptaba. Entraría como interno en un par de semanas. Me volví a mi pueblo contento. El encuentro con don Bosco me había llenado de optimismo. Y eso que ni siquiera sospechaba las aventuras que allí me aguardaban.
El ojo negro y la mano rota
A pesar de mis buenos propósitos el día antes de salir para Turín volví a perder los estribos y me pelee muy duro con Gino, el hijo del carnicero. Era más grande que yo y me colocó algunos golpes tremendos, pero yo no me acobardé y también le di con todo. Al final nos separaron y en casa me ligué una reprimenda.
- ¡Mira cómo te ha quedado ese ojo! Y ahora, ¿qué va a decir don Bosco? _ rezongaba mi mamá mientras me ponía un paño mojado en agua fresca.
- Don Bosco ya sabe como soy.
Era verdad. Yo no me había guardado nada, y así y todo, don Bosco me había aceptado.
- ¡Miren, miren el ojo de Lucas! _ se escuchó en la puerta. Era Giorgio, el menor de mis hermanos, y sus amiguetes.
- ¡Mejor vayan a ver lo que queda de la nariz de Gino!_ les grité. Desaparecieron entre risas.
- Quédate con el pañuelo sobre el ojo... Ahora vengo.
Mamá salió y se acercó mi perro. Le acaricié la cabeza y sollozó, no sé si por mi ojo o adivinando mi próxima partida.
Mamá regresó con mi padre y me incorporé.
- Quiero ver ese ojo.
Dejé que me examinara.
- También me duele mucho la mano.
Me la revisó con cuidado, pero no pude contener un gesto de dolor.
- Al ojo le duele lo que recibió... pero a la mano, le duele lo que dio... _ sentenció mi padre.
- Ese Gino... Por un tiempo no va a molestarme.
Para suavizar el reto que mi padre estaba por darme, mamá recordó que desde mi encuentro con don Bosco no me había peleado ni una vez - hasta ahora- y que seguramente en el Oratorio dejaría de pelearme.
- ¡Buena entrada vas a hacer a Turín! Con el ojo negro y la mano rota.
- Don Bosco ya sabe.
- Puede ser, pero si don Bosco se entera de que no haz hecho las paces con Gino, te mandará de vuelta de un puntapié en el trasero.
Me quedé helado. Eso sí que no lo había pensado. ¡Hacer las paces con Gino! Había empezado él, después de todo.
- Vamos a la carnicería.
De mala gana me puse de pie y salí, acompañado por mi perro y mis padres. Cuando llegamos la mamá de Gino estaba lavando la camisa ensangrentada de su hijo. Gino sentado en una silla, miraba al techo, con algodones en la nariz.
- Vengo a pedirte perdón. _ dije, costándome Dios sabe cuanto.
Gino me miró. Ambos contemplamos con inconfesada satisfacción el destrozo que habíamos hecho en la cara del oponente.
- Yo tuve la culpa, reconoció noblemente mi rival.
Su mamá se acercó y me acarició la cara. Era evidente que lo mío tenía su mérito, Gino me sacaba una cabeza de altura. Me tomó la mano y me dolió.
- A esa mano le pondremos un poco del hielo que tenemos en el negocio.
Volvió y me colocó un pañuelo con trozos de hielo en la mano. En esa mano que no se había roto golpeando contra una pared, sino ¡contra la cara de su hijo! Me sentí muy mal.
- Ya pasó, dijo la señora, cosa de muchachos.
Nos despedimos. Gino seguía mirando al techo. Yo caminaba despacio entre mis padres. ¡Linda forma de irme de mi pueblo!
Me repetía: Nunca volveré a pelearme, nunca.
Pero, como se verá, mis propósitos no fueron muy firmes.
Domingo Savio
El 29 de octubre de 1854 ingresé a la Casa del Oratorio. La última parte del viaje la hicimos mi padre y yo junto a otro chico que también se dirigía al mismo lugar. Era un poco más alto que yo, delgado, tal vez un poco pálido. Tenía unos grandes ojos azules, muy vivos, pelo negro y frente espaciosa. Me cayó bien de entrada y gracias a su agradable conversación alejé los pensamientos nostálgicos que me acechaban y hasta me olvidé de mis heridas de guerra. El chico era Domingo Savio y es el verdadero protagonista de esta historia.
Domingo nació en Riva de Chieri el 2 de abril de 1842, cuando lo conocí tenía como yo doce años. Su padre era herrero y la misma tarde del nacimiento le habían bautizado Domingo, en honor a su abuelo.
Su familia había ido de aquí para allá: primero a Murialdo, después a Mondonio. Domingo, para estudiar debía caminar hasta Castelnuovo, cinco kilómetros de ida y vuelta, todos los días, dos veces al día.
Pero me fui enterando todo esto dentro de una conversación muy normal. El también se enteró por qué venía con el ojo estropeado y el brazo en cabestrillo.
Llegamos finalmente al Oratorio. Por entonces estaba en la llamada casa Pinardi que era un edificio viejo, con un sencillo balcón, junto a la iglesia de San Francisco de Sales.
Don Bosco nos recibió alegremente. Y mientras mi padre y él conversaban, nosotros esperábamos en un corredor. A Domingo le llamó la atención un cartel que estaba en la pared y decía en latín: “Da mihi animas, caetera tolle”. Se entretuvo tratando de traducirlo y me pidió ayuda, pero no llegamos a ninguna frase coherente.
Por fin salió mi padre, me dio un cariñoso abrazo y se despidió de mí. Sentí un nudo en la garganta y grandes deseos de irme con él. Los ojos se me llenaron de lágrimas pero me las aguanté. Don Bosco nos hizo entrar enseguida.
- Esa frase es de San Francisco de Sales, ¿saben lo que significa?
- Algo de las almas... _ arriesgué.
- Pues sí._ sonrió don Bosco, y yo le di un suave codazo a Domingo jactándome del acierto _ Yo la traduzco así: ¡Señor, dadme almas y llevaos lo demás!
Yo entonces no comprendí demasiado, pero Domingo sí, porque le dijo:
- Ya entiendo, aquí no se trata de hacer negocio con dinero, sino de salvar almas; yo espero que las nuestras entrarán en este comercio.
Don Bosco nos indicó que fuéramos al dormitorio donde nos ubicarían. Empezaríamos las clases esa misma tarde. Un clérigo joven, que después supe que se llamaba Juan Cagliero, nos acompañó y ocupamos una cucheta y un armario de los muchos que había en ese lugar.
- ¿Qué prefieres, la de arriba o la de abajo?
Lo pensé un poco. La de abajo era más fácil de tender pero la de arriba era más emocionante.
- Pues, la de arriba.
- Muy bien. Y, ¿qué parte del armario? ¿la derecha o la izquierda?
Estudié el armario. No había diferencia en una parte u otra, así que elegí la izquierda. En realidad, la diferencia vendría después: se distinguiría el caos de ropa y libros de la izquierda (ese era el mío) del orden de la derecha (ese era el de Domingo), aunque innumerables veces me ocurrió que al llegar, me encontraba con mi parte del armario perfectamente ordenada. Me la ordenaba Domingo, lógicamente, y yo me decía: "Cuando lo vea se lo agradeceré." Pero después me olvidaba de hacerlo.
Como todavía nos quedaba tiempo antes de la hora de las clases, le propuse dar una vuelta para conocer el terreno y aceptó encantado.
- Empecemos por la iglesia. _ sugirió Domingo.
Bajamos por la escalera, pasamos por el comedor (mesas largas con toscas sillas de madera) donde trabajaba Mamá Margarita, la madre de don Bosco. Nos llamó, quiso saber nuestros nombres y nos dio una golosina a cada uno. Poco después estábamos arrodillados frente al Santísimo. Yo recé un apresurado Padrenuestro y me senté, esperando que Domingo acabara para continuar el reconocimiento de nuestro nuevo mundo.
Después de un momento, Domingo me dijo susurrando:
- ¿Sabes lo que significa esa lámpara ardiendo junto al Sagrario?
- ¿Junto a qué?
- Al Sagrario, esa caja dorada que está allí, ¿la ves?
- Sí, la veo.
- La lámpara prendida significa que Dios está realmente presente en el Sagrario.
- Ah... - respondí sin gran interés.
Se enojó.
- ¿Cómo "Ah"? ¿Es que no te das cuenta, Lucas? Ahí está ¡el mismo Jesucristo!
No quería que se enfadara conmigo. Me arrodillé a su lado.
- Perdona.
- ¿Sabes hacer la visita al Santísimo?
- No.
Me enseñó esa práctica de piedad, tan sencilla. Advertí entonces que Domingo era un chico piadoso y que podría aprender mucho de él, como efectivamente sucedió.
El segundo lugar que visitamos fue la enfermería. Era una habitación con cuatro camas, una salita y poco más. Allí me revisaron el ojo y me cambiaron la venda de la mano derecha.
Luego fuimos al patio grande, donde estaban los demás internos en recreo. Éramos unos cien y en medio de ellos estaba don Bosco. En cuanto lo vi me puse contento y quise ir a saludarlo. Me dijo que no me preocupara del ojo, que se curaría sólo, pero que tuviese cuidado con la mano derecha. "Igual, podrás aprovechar las clases, porque tú eres zurdo". Me quedé helado, ¿Cómo lo sabía? Se lo comenté a Domingo.
- Tal vez se lo contó tu padre. - respondió.
Más tarde he sabido que lo supo en el primer encuentro que tuvimos, cuando en broma me puse en guardia al contarle lo de mis peleas. Era notable su capacidad de observación.
Y esa misma tarde Domingo y yo empezamos las clases con el señor Bonzanino.
El perro Gris
Tuve un buen comienzo pero a las pocas semanas ya se me había pasado el entusiasmo. Las clases de latín se complicaban y yo cada vez tenía menos ganas de estudiar. Me confesaba con don Bosco. Un día me dijo:
- Lucas, estás dejando a la pereza que lleve las riendas de tu vida. Eso no va. Tú, que tienes esos puños de acero: ¡Derriba a la pereza y ocupa su lugar! –Luego me indicó- Hazme un dibujo de cómo lo harás.
Le conté a Domingo lo que don Bosco me había pedido que hiciera y se divirtió:
- ¿Cómo dibujo a la pereza?
- No sé, ¿cuál es el animal más perezoso?
- ¿Tal vez un gato? ¿una tortuga?
Al final dibujé una enorme marmota con las riendas de un carro de caballos y a mí mismo dándole un puñetazo en medio del hocico. Le llevé el dibujo a don Bosco.
- ¿Qué le parece?
Lo miró con gesto serio y me lo devolvió, diciendo: "Está incompleto, porque tú sólo no lo derribarás." Volví un poco desanimado y lo hablé con Domingo:
- Claro, afirmó mi amigo, es que solos no podemos nada. Dibuja también a tu Ángel Custodio.
Lo hice así y esta vez don Bosco lo aprobó. Para mi sorpresa me pidió que se lo firmara. Y él conservó ese mamarracho durante años, en un estante de su habitación.
Un día que no había clases y llovía a cántaros don Bosco se entretuvo un rato con nosotros. Yo había recibido carta de mis padres y estaba contento.
- ¿Y como anda tu perro?
- Pues muy bien, don Bosco.
Fue entonces cuando Juan Massaglia, mi compañero de banco, le pidió:
- Don Bosco, ¡Cuéntenos algo de su perro!
- ¡Sí! Háblenos del Gris.
Don Bosco no se hizo rogar:
- Una tarde oscura, a hora ya avanzada, volvía yo completamente sólo y no sin algo de miedo, cuando de pronto me topé con un perrazo que a primera vista me espantó. Pero no me amenazó sino, que al contrario, se puso a hacerme fiestas como si yo fuera su dueño y me acompañó hasta el Oratorio. Algo parecido sucedió muchas otras veces, de modo que puedo decir que el Gris me ha prestado importantes servicios.
- Cuéntenos de esos servicios.
- No hace mucho en una tarde oscura y lluviosa, volvía de la ciudad, y para andar lo menos posible en despoblado , venía por el camino que desde la Consolata va al Cottolengo. Advertí que dos hombres siniestros caminaban a poca distancia de mí. Aceleraban o retardaban su paso cada vez que yo aceleraba o retrasaba el mío. Cuando intenté pasar a la otra parte, para evitar el encuentro, ellos, hábilmente se me colocaron delante y sin decir palabra, me echaron una manta encima. Hice cuanto pude por no dejarme envolver. Quise gritar, pero inútilmente. En aquél momento apareció el Gris, rugiendo como un león, y se abalanzó contra ellos. Los delincuentes huyeron aterrorizados y el Gris, siempre a mi lado, les siguió ladrando furiosamente hasta que desaparecieron en una esquina. Me escoltó hasta el Oratorio, y luego desapareció en la noche.
Aplaudimos con entusiasmo.
- Pero, ¿dónde está ahora el Gris? _ quise saber.
- Nadie lo sabe._ dijo don Bosco, poniéndose de pie_ Pero cuando haga falta aparecerá...
Regalos para la Virgen
Se acercaba el mes de diciembre y se estaba por celebrar un acontecimiento histórico: la declaración del dogma de la Inmaculada Concepción de María. Aunque yo seguía siendo bastante tosco para la piedad, el trato con don Bosco y con Domingo me iba puliendo de a poco. Un día mi amigo me comentó:
- Mira, Lucas, mañana es 30 de noviembre. Además de ser la fiesta de San Andrés, es el día en que podremos comenzar una novena de preparación para celebrar la Inmaculada Concepción.
- ¿En qué estás pensando?
- En hacerle nueve regalos a la Virgen. Es muy sencillo: tomas nueve trozos de papel, escribes lo que vas a hacer, los haces un bollito y los metes en el bolsillo del abrigo. Cada mañana sacas uno al azar y ese es el regalo que le tienes que hacer a nuestra Madre ¿Qué te parece?
- Que si no me ayudas, no se me ocurrirá nada.
- ¡Otra vez la pereza toma las riendas! Vamos, vete a la iglesia y háblalo con Jesús, Él te dirá lo que convenga hacer. Después se lo muestras a don Bosco y si te dice que está bien, los haces un bollito y al bolsillo.
Así lo hice. Cuando acabé fui a la habitación de don Bosco y se los mostré. Las leyó con atención y sonrió.
- Haremos algunos cambios. Ven aquí, ¿qué es esto de "No ser perezoso" ?
- Nada, eso.
- Es un regalo poco apropiado porque no es concreto.
- Bueno, vencer la pereza... ¡en todo!
- Es un buen deseo... pero, no te enojes si te digo que te ayudaría más, por ejemplo, "Mañana no daré trabajo para levantarme."
Enrojecí de vergüenza. Realmente me estaba costando mucho aquello.
- Y donde has puesto "Hoy no comeré postre", ¿Por qué no pones: "Hoy comeré un poco más de lo que me gusta menos"? Le darás una alegría a la Virgen y a Mamá Margarita. Además, las verduras te harán bien...
-...
- Y podrías reemplazar ésta que dice "Hoy rezaré dieciocho Credos" por "Hoy no diré malas palabras durante el juego" ¿Qué opinas?
- Don Bosco, dije resignado, usted sabe todo sobre mí. Haré lo que me diga.
- No te desanimes porque las otras seis, ¡están bien pensadas!
Sonreí y tuve curiosidad: _Don Bosco, usted leyó las que piensa hacer Domingo... ¿son muy diferentes a las mías?
Se acercó a mi oído y dijo susurrando _ Lucas, ¿tu sabes guardar un secreto?
- ¡Pues sí, claro!
- ¡Yo también! Así que vete a la iglesia y pídele ayuda a San José y a nuestro Señor Jesucristo para que te salgan esos regalos que te has propuesto y ¡no quieras ser curioso!
Me puse la gorra y salí corriendo. Cuando entré en la iglesia vi que Domingo le estaba enseñando la Visita al Santísimo a Marcos, otro de nuestros compañeros. Tenía verdadera preocupación por todos, lo que se irá viendo en los próximos capítulos. Él había entendido bien la frase de San Francisco de Sales: ¡Señor, dadme almas y llevaos lo demás!
8 de diciembre de 1854
El 8 de diciembre fue un día glorioso. Después de la Santa Misa cantada, encontramos en el comedor un desayuno delicioso y abundante preparado por Mamá Margarita. Yo estaba comiendo con gran entusiasmo cuando Domingo me dijo que me esperaba en la puerta de la iglesia. Cuando llegué allí me dijo que don Bosco le había dicho que era una buena ocasión para renovar las promesas del bautismo y sí lo quería acompañar.
- Claro, le dije, pero con una condición.
- ¿Desde cuando los amigos andan con condiciones? _ me replicó sonriendo.
- Desde hoy. ¿Harás pareja conmigo en el torneo de bochas de esta tarde?
- ¡Pero si eres una calamidad jugando...!
- Pues entonces ¡renueva las promesas con tu abuela!
- Está bien, trato hecho.
Entramos a la iglesia. Un buen número de chicos estaban allí rezando. Fuimos hasta el altar donde había una hermosa imagen de la Virgen y nos arrodillamos. Domingo sacó un devocionario donde estaban las promesas. Yo tuve que leerle las preguntas y el respondió con firmeza, después cambiamos los papeles. Al acabar, permanecimos rezando y él dijo, en voz baja (pero yo lo escuché bien): "María, te doy mi corazón, haz que sea siempre tuyo. Jesús y María sean siempre mis amigos, y hagan que muera mil veces antes de cometer un pecado mortal"
Me impresionó tanta determinación. ¡Y yo había estado pidiendo que ganáramos el torneo de bochas..!
Al salir del oratorio yo estaba conmovido, pero Domingo no me dio tiempo a hacer ningún comentario.
- ¡Vamos a entrenarnos para el torneo de hoy!
Y pasamos el resto de la mañana jugando.
Al mediodía también hubo una comida de fiesta. Don Bosco dijo que estábamos allí todos los que integrábamos el Oratorio en ese momento: treinta y cinco estudiantes, ochenta artesanos, varios seminaristas y colaboradores, en total ciento quince personas.
Por la tarde, entre otras actividades, tuvo lugar el torneo de bochas. Domingo era muy hábil y preciso, en cambio yo tenía problemas para controlar mi fuerza. De hecho, mis torpezas de ese día me valieron el apodo de "Cañón" que me acompaña desde entonces y también que fuéramos eliminados en la final por Juan Massaglia y Miguel Rúa.
En honor a la Virgen se había organizado en Turín una iluminación general durante la noche. Fue un espectáculo grandioso y don Bosco nos permitió salir a verlo. También el perro Gris apareció ese día y pude acariciarlo.
Cada noche, antes de que se apagaran las luces, don Bosco nos hablaba brevemente. Ese momento lo conocíamos como las buenas noches y nos ayudaba a dormirnos meditando en alguna enseñanza. Pero ese día fue tan intenso que antes de que don Bosco acabara su historia, yo ya estaba profundamente dormido.
El desafío
Mi propósito de no volver a pelearme naufragó pocos días después de tanta solemnidad. Uno de los chicos que aprendían oficios, chocó conmigo en el recreo y caí aparatosamente en el pavimento. Esto no era raro ya que jugábamos varios partidos simultáneos en el mismo patio. Pero en lugar de pedirme disculpas como yo esperaba, el chico se burló de mí. Entonces lo mandé al diablo. Me respondió otro insulto y entonces perdí la cabeza. Fui a golpearlo, pero de inmediato nos separaron.
- ¡Si te encuentro no te salvas...!
- ¡Bah!, cierra la boca. tedesco...
Me enfurecí:
- ¡Vete a aprender tu oficio, animal! ¡Ya se ve que la cabeza no te da para más...!
¡Ahí se armó una buena! Como el clérigo Cagliero atraído por el tumulto se acercaba a la carrera, desafié al que me había chocado a pelear en el Prado de la Ciudadela. Aceptó enseguida. Cada uno fue a su aula.
En las clases que siguieron no me pude concentrar. En lugar de las declinaciones y los verbos, pasaban por mi mente los golpes y las patadas que pensaba darle a mi rival. En eso me tocaron el brazo. Un compañero me entregó una hoja de papel plegada: un mensaje. Lo abrí y enseguida reconocí la letra de Domingo.
" Lucas, no ofendas a Dios. Perdona y olvida"
Me di vuelta y vi que Domingo me miraba. Le hice un gesto con el puño cerrado que venía a decir: "Le voy a dar una buena paliza". Lo decepcioné con mi respuesta, pero no se dio por vencido. Le pidió permiso a don Bonzanino y se sentó a mi lado.
- Lucas...
- Voy a darle su merecido a ese tipo.
- No estuvo bien lo que le dijiste respecto a su oficio. Sabes que Dios da a cada uno distintos talentos.
- Pues con éste se ha quedado corto.
- ¡Lucas, no hables así!
- No te preocupes, Domingo, será sólo una pelea, después todo seguirá como siempre.
- Con la diferencia de que habrás ofendido a Dios.
- ¡No exageres!
Esto último lo dije demasiado alto y el profesor se molestó y envió a Domingo otra vez a su lugar. Poco después, pidió permiso para salir del aula.
- ¿Qué estará tramando? ¡Es capaz de irle con el cuento a don Bosco!
En realidad Domingo fue al taller donde el otro chico estaba trabajando y habló con él, para evitar el desafío, pero le fue tan mal como conmigo. El resto de mis compañeros estaban ansiosos por la pelea. Al acabar las clases salí rodeado por los otros chicos. Los de oficios habían terminado un poco antes y nos esperaban. Habría mucho público. Mejor.
Nos dirigimos al Prado de la Ciudadela. Para mi sorpresa, Domingo venía también. Pensé que tal vez había cambiado de parecer. Al llegar, acordamos ponernos a doce pasos de distancia con una piedra en la mano cada uno, cuando se diera la orden, nos arrojaríamos la piedra y después seguiríamos a puño limpio hasta que uno se rindiera o muriera, lo que ocurriera antes.
Nos pusimos uno frente al otro. Yo sostenía en mi mano izquierda una piedra ovalada. Le apuntaría al pecho. “Lo parto en dos”, me decía. A los costados se habían ubicado los demás. Uno de los chicos iba a iniciar la cuenta. Al llegar a tres, había que lanzar.
- ¡Un momento!
Era Domingo.
- Puesto que insisten en resolver esto de la peor manera, pido que acepten una condición.
- Si no impide el desafío... _ dijo el que iba a contar hasta tres.
Domingo sacó del bolsillo un crucifijo y lo levantó en alto con la mano derecha.
- ¡Quiero que miren esto!
Lo hice y a la vez, apreté bien fuerte la piedra.
- Y que arrojen sus piedras contra mí.
Se levantó un murmullo de la concurrencia. Domingo continuó.
- …y que digan: "Jesucristo, inocente, murió perdonando a los que le crucificaron y yo, pecador, quiero ofenderle y vengarme"
Dicho esto se acercó a donde yo estaba y se arrodilló a dos pasos míos.
- Vamos, Lucas... ¡Sácate las ganas!
Sentí que un escalofrío me recorría el cuerpo.
- ¿Qué dices?
- ¡Arrójame tu piedra en la cabeza con todas tus fuerzas!
Temblé.
- No, nunca haría eso... eres mi amigo.
Se puso de pie y se arrodilló frente al otro. Tampoco se atrevió a hacerlo. Se había hecho un silencio sepulcral en la concurrencia.
- ¿Cómo es que no se dan cuenta? _ gritó encolerizado _ ¿No quieren dañarme y se van a dañar ofendiendo cada uno gravemente a Dios? ¿No son capaces de perdonarse?
Me miró. Solté la piedra que cayó pesadamente en el suelo. Me acerqué a Domingo y le di un abrazo, conmovido. Y no pude evitar que se me saltaran las lágrimas. El otro hizo igual y después ambos nos dimos un abrazo. Los demás aplaudieron el inesperado final. Ese chico se llama Franco Carluccio y desde ese día somos grandes amigos.
Funerales en la Corte
Por ese entonces el país vivía momentos dramáticos. El gobierno discutía la aprobación de una ley por la cual se confiscarían los bienes eclesiásticos. Al darnos las buenas noches, don Bosco nos contó un sueño muy curioso que había tenido.
Le parecía hallarse en el patio de la casa Pinardi, a la hora del recreo. Y de pronto ve entrar a un paje de librea encarnada como los de la Casa Real.
- ¡Una gran noticia!
- ¿Cuál?
- Anuncia: ¡gran funeral en la Corte!
Repitiendo ese grito sale y desaparece.
Cinco días después el sueño se había repetido pero esta vez el paje de librea encarnada llegó a caballo.
- ¡Anuncia ahora no "gran funeral" en la Corte, sino "grandes funerales" en la Corte!
Nos contó que por ese motivo le había escrito una carta al rey Víctor Manuel.
Ese día (era el 9 de enero) había empezado la discusión de la ley. Nos pidió que rezáramos por sus intenciones.
Lo cierto es que el 12 de enero falleció la reina María Teresa, madre del rey. El 20 de enero, María Adelaida, su esposa. El 11 de febrero su hermano, el duque de Saboya y el 17, el hijo menor de Víctor Manuel.
Todos quedamos muy impresionados.
Domingo me había comentado que debíamos hacer penitencia para desagraviar a Dios de las ofensas que recibía. Yo, desde el incidente en el Prado, hacía grandes esfuerzos por portarme bien. A veces soñaba que alguien agredía a Domingo y yo salía a defenderlo valientemente. Otras, que lo rescataba de algún grave peligro. Pero, como es lógico, esto no sucedió nunca.
Mientras tanto, se me pasaban por alto otras ocasiones de ayudarlo. Una mañana no se sentía bien y le dijeron que se quedara en la cama. Cuando vino don Bosco a verlo, estaba hecho un ovillo. Don Bosco se dio cuenta que no tenía más abrigo que una colcha muy delgada.
- ¿Por qué haces esto? ¿Es que quieres morirte de frío?
- No me moriré de frío. Jesús en el pesebre de Belén estaba menos abrigado que yo.
- ¡Buena forma de celebrar la Navidad! A ver, Lucas, alcánzame esa manta.
Yo lo hice. ¡Ni me había dado cuenta que mientras yo tenía dos mantas abrigadas, mi amigo se estaba congelando! Don Bosco me dijo: "Cañón, tienes que estar más atento."
Una charla inolvidable y una locura de Don Bosco
Domingo y yo llevábamos seis meses en el Oratorio cuando don Bosco dio una plática que a mi amigo lo impresionó profundamente. Nos dijo, en resumen: "Es voluntad de Dios que todos seamos santos; es fácil conseguirlo; a los santos les está preparado un gran premio en el Cielo"
Aunque ya no era tan tosco como al llegar, estos pensamientos me parecieron buenos pero esa misma tarde abandoné el camino de la santidad discutiendo acaloradamente con un compañero que, sin querer, me movió el brazo mientras escribía y me arruinó una traducción que estaba haciendo. Cómo yo era zurdo, solía tener esos inconvenientes cuando un diestro trabajaba a mi izquierda.
En cambio a Domingo esas ideas le impactaron y le duraron toda la vida. Yo lo noté más pensativo y también lo notó don Bosco. Un día le preguntó si se sentía mal.
- Al contrario _ dijo mi amigo _ Lo que sufro es un gran bienestar.
- ¿Qué quieres decir?
- Quiero decir que siento como un deseo y necesidad de hacerme santo. Ahora que he visto que uno puede ser santo estando alegre ¡quiero ser santo! ¿Qué tengo que hacer?
- Es un buen propósito el que tienes. ¿Y tú, Cañón?
- ¿Yo? ¡Yo hago lo que puedo!_ me defendí.
Don Bosco rió de buena gana. Luego le dijo a Domingo que no se inquietara para conocer la voz del Señor, que estuviera alegre y que perseverara en sus deberes de piedad y estudio.
- Y algo más... ¡No dejes de compartir el recreo con tus compañeros! Lucas, tú lo ayudarás en esto último.
- Claro que sí, eso me sale fácil.
Y era verdad.
Poco después, don Bosco protagonizó un hecho notable que hizo hablar a todo Turín. Además de ocuparse de nosotros y de mil actividades, don Bosco sacaba tiempo para ir a la cárcel de la Generala y confesar a los detenidos. Llegó a conquistar de tal modo el corazón de los presos que todos, con una sola excepción, hicieron sus Pascuas ese año de 1855. El director de la cárcel era amigo de don Bosco y recibió de él un pedido insólito:
- Vengo a hacerle una propuesta, señor director.
- Todo lo que yo pueda hacer, don Bosco, delo por hecho.
- Quiero premiar a estos jóvenes que han cumplido con la Iglesia y se portan bien. Los conduciré a un paseo hasta Stupinigi; saldremos por la mañana y regresaremos por la noche. Les será provechoso para el alma y para el cuerpo.
El director dio un salto en la silla.
- ¿Qué está diciendo, don Bosco? ¡Usted no habla en serio!
- Con la mayor seriedad del mundo.
- Pero, ¡yo soy el responsable de toda fuga!
- No se fugará ninguno. Démelos contados y contados se los traeré sin que falte uno sólo.
- Imposible!
- ¿Acaso lo prohíbe el reglamento?
- El reglamento no dice una palabra porque no han pensado los que lo hicieron que a don Bosco se le ocurriría semejante idea.
- Pues si el reglamento no lo prohíbe...
- ¡Imposible, cien veces imposible!
Era prefecto de Policía el caballero Carlos Farcito. A él fue a ver don Bosco y recibió otro no rotundo.
- ¿Y si el ministro diera autorización?
- ¡Absurdo! Pero si el ministro lo autorizara, yo me lavaría las manos.
Don Bosco va a ver al ministro. A éste le hace gracia el pedido, y piensa que enviando detrás de las filas un piquete de guardias, no habría escapatoria y si la hubiera, no sería difícil atrapar al que lo intentara.
- Excelencia, yo le agradezco su voluntad pero prefiero renunciar a mi proyecto si han de escoltarme los carabineros.
- En esas condiciones, no devolverá usted ni uno solo de estos pilletes a la prisión.
- ¡Le afirmo, señor ministro, que no faltará ni uno!
- Esto es una locura. Pero, bueno, usted se juega su libertad y yo el Ministerio. Haga usted el paseo, quiero ver que resulta.
¡Qué grito de alegría dieron los jóvenes detenidos al saber que tendrían un día de paseo hasta Stupinigi sin guardianes!
Don Bosco les habló:
- Escuchadme, yo he empeñado mi palabra y mi honor. He dicho que no necesitamos gendarmes, que os conduciría perfectamente. ¿Puedo estar tranquilo? ¿Alguno de vosotros ha pensado escaparse?
- Esté seguro, don Bosco, seremos buenos _ gritaron y juraron y perjuraron los prisioneros y uno de ellos agregó:
- ¡Si alguno se le ocurre escaparse lo descuartizaré como a un pollo!
- ¡Y yo le romperé la cabeza contra una piedra al primero que se salga de la fila!
- ¡No volverá vivo el que quiera escaparse!
- Bueno, calma... no se trata de maltratar a nadie. Me fío de vosotros. Sé que me queréis bien y no me avergonzaréis delante de todo Turín, que tendrá los ojos fijos en mí.
Esa misma tarde arregló la hora de la partida. Stupinigi, población de cinco mil habitantes, dista legua y media de Turín y posee un Parque Real donde los jóvenes pueden pasar un día encantador en la fragante primavera italiana.
Al alba partieron. Llevaban un asno cargado con las provisiones para almorzar, mas pensaron que don Bosco estuviera cansado del camino. Descargaron los sacos que se echaron por turno a las espaldas y obligaron al capellán a montar en el burro.
En la iglesia de Stupinigi don Bosco celebró la Santa Misa. La gente del pueblo vio pasar un batallón de trescientos presos en libertad sin más vigilante que un sacerdote y a la hora del almuerzo les enviaron regalos de vino y pan excelente y otros manjares.
Y bien, al atardecer, sin que uno solo faltara, volvieron a la Generala de Turín.
"Ayúdeme a ser santo..."
En la fiesta de San Juan Bautista, el 24 de junio de 1855, don Bosco entró a la clase y nos dijo que, dado que ese día celebraba su santo, cada uno pidiera por escrito algún regalo que estuviese a su alcance.
Frente al papel en blanco, traté de descubrir qué me vendría mejor. ¿Unos anzuelos para pescar? ¿Una gorra en mejores condiciones? Al final, consciente de las penurias que pasaba don Bosco para darnos alojamiento y comida me decidí por un modesto cucurucho de castañas asadas.
Don Bosco guardó en una pequeña caja de madera los papeles abollados. Esa tarde me mandó a llamar y me pidió que lo ayudara a plegar unas hojas impresas.
Mientras lo hacía observé sobre el escritorio de don Bosco los papeles que habíamos entregado esa mañana. Estaban todos apilados y en un costado, don Bosco había hecho la lista de regalos. Había un papel aparte. Reconocí la letra de Domingo, fui curioso y leí lo que había escrito.
Decía: "Pido que usted salve mi alma y me haga santo". Casi caigo de espaldas. Al lado de las ridiculeces que habíamos escrito los demás, el pedido de Domingo debía haber llenado de alegría a don Bosco.
- ¿Ya has acabado, Cañón?
- Sí, está todo listo.
- Bien. Pronto comenzarán las vacaciones. ¿Tienes ganas de ver a tus padres?
- ¡Muchas!
- Te han escrito con frecuencia.
- Sí, son muy buenos. Realmente quiero verlos.
- ¡Muy bien! Pero cuando llegues allá, compórtate como nos ha enseñado Jesús: "No he venido a ser servido sino a servir". Puede ser un buen lema para tus vacaciones.
Al salir yo de la habitación de don Bosco, pensaba en Domingo y sus deseos de ser santo. ¿Había sentido yo algo parecido? De vez en cuando me venía entusiasmo por ser bueno, pero ¡me duraba tan poco! Mis pensamientos andaban dispersos la mayor parte del tiempo y con frecuencia reaccionaba mal ante lo que me contrariaba.
A Domingo lo que le contrariaba era lo que fuese ofensa a Dios o desamor. Era activo, como yo, pero sus proyectos eran diferentes. En concreto, por esos días andaba ocupado en organizar algo para mejorar la vida de piedad en el Oratorio. Gracias a su ayuda, yo había adquirido entonces el hábito de ir a la iglesia después de almorzar y hacer la visita al Santísimo. Más de una vez la hice con Franco Carluccio, con quien estuvimos aquella vez a punto de apedrearnos. Y siempre me cruzaba allí con Domingo y algún otro compañero. Le ilusionaba que todos aprendieran esa devoción. Era muy apostólico y me había confiado que deseaba ser sacerdote, si Dios lo llamaba.
Durante las vacaciones Domingo me invitó a pasar unos días con él en Mondonio. Allí, además de conocer a sus padres y hermanos, me asombró el cariño que todos le tenían y su paciencia con los más chicos.
Un día que él había salido a hacer un mandado, su hermana Ramona me contó que cuando era niña cayó en un estanque con peligro de ahogarse. Domingo, menor que ella, se lanzó al agua y la puso a salvo. Cuando le preguntaron cómo lo había hecho respondió: "Me ha ayudado mi Ángel Custodio".
Fueron días muy agradables y se me pasaron muy rápido.
De regreso a mi pueblo, viajé con el párroco de Mondonio, que había sido maestro de Domingo. El me contó lo que sigue:
- Un día entré a clase y noté algo raro en el ambiente. Abrí y cerré la puerta. Hacía un frío insoportable. Entonces estalló un rumor de voces y de risas. -¡Silencio!, grité, dando un golpe sobre la mesa ¿qué pasa? Entonces me di cuenta: ¡la estufa! ¡alguien la había llenado de piedras y de tierra!
- ¡Esto no va a quedar así!
Enojadísimo amenacé con no dar más clase hasta que descubriera al culpable. Uno de ellos se puso de pie y dijo:
- Maestro, cuando nosotros entramos al salón, el único que estaba adentro era Domingo.
Miré hacia el puesto de Domingo. Este bajó los ojos y no dijo nada.
Se hizo un silencio tenso. No podía creer que Domingo hubiera hecho eso.
Entonces le grité:
- ¡Debías ser tú con esa carita de hipócrita! ¿te das cuenta del mal rato que me has hecho pasar? ¿no te enseñan en tu casa educación? Voy a llamar a tu madre para que conozca al angelito que tiene en su casa. ¡Mereces la expulsión! Por ser la primera vez te salvas. ¡Ve y ponte ahí de rodillas!
Domingo, sin decir palabra caminó hacia el centro de la clase y se arrodilló. Lo dejé así un buen rato.
Todo se supo al día siguiente, cuando aparecieron los verdaderos culpables.
Lleno de pesar por la reprensión que le había dado, lo llamé aparte y le pregunté:
- Domingo, ¿por qué no me dijiste que eras inocente?
El me respondió:
- Porque, al otro chico lo habrían expulsado. Además, pensaba en Jesús, que fue injustamente calumniado. "
El párroco siguió viaje. En mi pueblo me esperaba mi familia y mi perro. Permanecí allí hasta mediados de agosto.
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