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El caso de la moribunda
De los primeros días de septiembre de 1855 tengo el recuerdo de la alarma general por una terrible epidemia de cólera que se había desatado en Turín. Mis padres dudaron en enviarme al Oratorio pero yo deseaba regresar allí cuanto antes. Ellos accedieron, confiando en la protección que innegablemente Dios dispensaba a la Obra de don Bosco.
No había dudas que don Bosco pensaba igual. Sin dejar de tomar todas las precauciones necesarias organizó la atención de los enfermos de las calles próximas al Oratorio. El 8 de septiembre habíamos salido unos cuantos con don Bosco a socorrer a los atacados de cólera de la calle Cottolengo cuando Domingo se detuvo ante un viejo caserón.
Con decisión golpeó la puerta y salió el dueño.
_ ¿No hay aquí una persona enferma?
_ No, se han marchado todos.
_ Entraré a ver.
El dueño se molestó.
_ Mira, ya te he dicho que no hay nadie.
Don Bosco intervino.
_ Disculpe la molestia. Seguimos nuestro camino.
_ ¡No! _ se negó rotundamente Domingo. Todos nos sorprendimos.
_ ¿Qué ocurre? _ le preguntó don Bosco.
_ ¡Aquí hay alguien muriéndose! _ afirmó Domingo con absoluta seguridad.
_ Pero, ¡si no hay nadie más aquí!_
_ ¡Se está muriendo ahora mismo! _ insistió Domingo y el dueño, desconcertado, nos dejó pasar.
Domingo avanzó con decisión por los pasillos, subió escaleras y llegó hasta un oscuro desván.
_ Es aquí. ¡Pronto!
Don Bosco entró y en efecto, una pobre mujer agonizaba. Apenas tuvo tiempo de confesarla, la mujer moría poco después.
El dueño tartamudeaba.
_ Pensé que... Estaba seguro que ya se había marchado de aquí... yo...
Nos fuimos impresionados. ¿Conocía Domingo esa casa? No. Nunca había estado allí y sin embargo se abrió paso sin vacilaciones por el laberinto de pasillos y escaleras directamente al desván.
El no dio ninguna explicación y cómo tampoco don Bosco le preguntó nada, regresamos en silencio al Oratorio.
La compañía de los mendrugos
Ese año nuestro profesor fue don Francesia y llegaron varios alumnos nuevos, entre ellos Camilo Gavio con quien pronto nos hicimos amigos gracias a la iniciativa que siempre ponía Domingo en facilitarle las cosas a quienes acababan de llegar.
Gavio era muy bueno para la pintura y la escultura, y el municipio de Tortona le había concedido una beca para estudiar en Turín. Como no conocía a nadie, en el primer recreo se quedó en un rincón del patio. Domingo lo advirtió y haciéndome una seña, me animó a que juntos fuéramos a recibirlo.
_ Hola, amigo... se ve que no conoces a nadie, ¿verdad?
_ Pues sí, pero me divierto viendo jugar a los otros.
_ Yo me llamo Domingo Savio y él...
_ Yo soy Lucas Fiorini. _ me presenté.
_ Más conocido por "Cañón". _ bromeó Domingo.
_ ¿Cañón? ¿Y por qué te llaman así?
_ Pues verás, a veces soy un poco impulsivo.
Domingo le hizo un guiño:
_ Suprime el "a veces" y el "un poco".
Ya estábamos en confianza. Entonces nos enteramos que Camilo había cumplido los quince. Nos llevaba casi dos años, sin embargo era de complexión física delicada y más bien bajo de estatura.
_ ¿Saben? He estado gravemente enfermo: un ataque de corazón me llevó al borde de la tumba y aún no me he curado del todo.
_ Desearás curar, ¿verdad?
_ Hombre, estoy completamente resignado a la voluntad de Dios.
Estas palabras impresionaron muy bien a Domingo.
_ Quien desea hacer la voluntad de Dios, dijo Domingo, desea santificarse. Entonces tú deseas ser santo, ¿verdad?
_ Sí, esta es mi gran ilusión.
_ Muy bien, así aumentaremos el número de nuestros amigos y tomarás parte en nuestros esfuerzos para santificarnos.
_ ¿Y qué tengo que hacer?
Yo escuchaba con atención el diálogo. Me conmovía que Domingo me incluyera entre los que se esforzaban por este ideal porque la verdad es que yo venía muy rezagado en esto, como ya se ha visto y se seguirá viendo.
_ Te lo voy a decir en pocas palabras. Nosotros hacemos consistir la santidad en estar muy alegres. Procuramos por encima de todo huir del pecado, como de un gran enemigo que nos roba la gracia de Dios y la paz del corazón. En segundo lugar, tratamos de cumplir exactamente nuestros deberes y frecuentar las prácticas de piedad. Empieza desde hoy a escribir como recuerdo "Servir a Dios con alegría"
Conforme pasaron los días, quedó claro que Camilo había entendido bien lo que Domingo le había propuesto. Trabajaba con mucha voluntad y participaba, en la medida de sus posibilidades de los juegos con los que tan bien nos la pasábamos.
Un día, al acabar el almuerzo, estábamos Domingo, Camilo, Juan Massaglia y yo conversando animadamente en el comedor cuando vimos a Mamá Margarita agachada, recogiendo del piso los restos de pan que habían caído debajo de las mesas. Camilo se puso de pie:
_ Nosotros nos ocuparemos de esto.
Y de inmediato recogimos los trozos que estaban tirados en las mesas y en el suelo.
_ Se me ocurre algo. _ dijo Domingo al acabar.
_ ¿Te parece que nos ocupemos de esto todas las comidas?
_ Creo que algo mejor, vengan.
Nos reunimos en el aula y allí Domingo nos explicó su idea: se trataba de formar un buen grupo que se encargara por turnos de limpiar el comedor, para aliviar el trabajo de Mamá Margarita.
_ ¿Y cómo le podríamos llamar?
_ ¿Qué les parece "La Compañía de los Mendrugos"? Camilo, podrías hacer un escudo y tú, Lucas, anotar los voluntarios. Con tres por día, ya va bien.
La idea me gustó.
_ Empecemos ya mismo a buscar voluntarios.
_ ¡Tranquilo, Cañón! Es necesario consultar primero a don Bosco.
A don Bosco le pareció muy buena idea y esa noche, antes de distribuir la comida, Domingo expuso los fines de la Compañía y mostró el escudo que había dibujado y pintado Gavio: dividido en cuatro campos, dos de ellos mostraban escobas cruzadas y los otros dos, una margarita como un detalle para Mamá Margarita, que se alegró mucho de esta iniciativa. Yo alisté muchos voluntarios y otros no tan voluntarios... y la Compañía de los Mendrugos pasó a formar parte de nuestra vida escolar.
Su reacción ante las blasfemias
Mi amistad con Domingo me ayudó a ser más constante en el estudio, más recto en mis acciones y más dispuesto para la piedad. Y esto mismo lo pueden decir todos los amigos de Domingo, que eran muchos.
Cuando entraba un nuevo alumno, don Bosco le encomendaba a alguno de los que estaban más encajados en el Colegio que cuidara de su cliente como si fuera su Ángel Custodio.
Un día estábamos jugando a las bochas con Juan Rada, un chico que había entrado poco antes y al hacer un mal tiro, el nuevo soltó una blasfemia. Domingo, que era su Ángel Custodio suspendió inmediatamente el juego y llevando aparte al chico, le habló y finalmente le aconsejó que fuera a confesarse con don Bosco. El chico lo hizo inmediatamente.
Ese mismo día Domingo le hizo un regalo que le vino muy bien; un par de guantes para protegerse del frío. Era muy propio de Domingo, si debía corregirte lo hacía con fortaleza (¡si lo sabré yo!) pero nunca te dejaba humillado, enseguida se las ingeniaba para que quedara claro que seguía siendo amigo tuyo.
Y con este tema de la blasfemia, Domingo no se andaba con vueltas. Un día regresábamos al Oratorio después de haber hecho un encargo que nos había dado don Bosco y presenciamos como un carretero, al caérsele unos fardos de alfalfa, profería una horrible blasfemia.
_ ¡Alabado sea Jesucristo! _ susurró Domingo y yo hice igual. Pero Domingo no se conformó sólo con desagraviar.
_ Ven conmigo, Cañón.
Nos acercamos al carretero y le ayudamos a juntar la alfalfa. Al final, Domingo le preguntó si sabría indicarle dónde estaba el Oratorio de San Francisco de Sales. El otro, más calmado y agradecido por la ayuda que le habíamos prestado contestó que no lo sabía.
_ ¡Ah! Y ya que no sabe esto ¿no podría hacerme usted otro favor?
_ ¿Cómo no? De mil amores.
Domingo se le acercó y le dijo, en voz baja:
_ Usted me hará un gran favor si cuando se enfada se abstiene de blasfemar contra el santo nombre de Dios.
¿Cómo reaccionaría aquel hombre tosco?
_ ¡Muy bien, chico! ¡Tienes mucha razón! Es un vicio maldito que he de vencer a toda costa.
Fue por esos días que en un recreo estábamos Camilo, Domingo y yo conversando con don Bosco. Camilo no se sentía bien y por eso no jugaba con los otros. Yo me moría de ganas de ir a jugar a la pelota pero comprendí que valía la pena acompañar a nuestro nuevo amigo.
_ Camilo, ¿sabes qué significa tu nombre?_ le preguntó don Bosco.
_ ¿Qué significa?
_ Pues nada menos que "amado, estimado"
_ ¿Y Lucas? _ quise saber yo.
_ Lucas quiere decir "deslumbrado"
_ Eso está muy bien. ¿Por qué en la iglesia se representa a San Lucas al lado de un buey? ¿Se dedicaba a la ganadería?
_ No, Cañón, me parece que es porque su evangelio comienza contando el sacrificio que va a hacer Zacarías en el templo. Allí se sacrificaban bueyes.
_ ¿Y qué significa Domingo?
_ Domingo quiere decir "del Señor"
_ ¿Ve? Tengo razón al pedirle que me haga santo, hasta el nombre dice que yo soy del Señor.
A mediados de diciembre Camilo Gavio regresó a casa de sus padres. La enfermedad había regresado. Fuimos a visitarlo varias veces. Después me enteré que Domingo se había ofrecido a pasar las noches velando junto a su amigo, pero no le fue permitido.
Camilo recibió piadosamente la Unción de los enfermos y el Viático, y murió el 29 de diciembre. Fuimos a verle por última vez. La oración de Domingo fue sencilla: "Camilo, estoy seguro que estás en el Cielo, prepáranos un sitio también a nosotros. Siempre serás mi amigo, pero mientras Dios me dé vida rogaré por el descanso de tu alma."
De regreso, me pidió que ofreciera la Santa Comunión por el alma de Gavio, lo que hice varias veces.
Fue entonces cuando un día le comenté, sin pensarlo demasiado:
_ Domingo, si tú te mueres antes que yo, ¿quién se ocupará de mi alma como tú lo haces?
Noté que la frase lo había conmovido. Pero no contestó nada.
¡Yo también soy un desastre!
A principios de 1856 éramos unos ciento cincuenta en el Oratorio, de los cuales sesenta y tres éramos estudiantes. Don Bosco y Mamá Margarita se multiplicaban para que nosotros pudiésemos estar abrigados, bien alimentados y aprendiendo.
Realmente ha sido un privilegio compartir esos años con personas tan buenas, que con tanto sacrificio y alegría se dejaban la vida dedicándose a nosotros.
Y, aunque mi memoria es bastante buena, hay meses enteros de los que no recuerdo ningún episodio concreto. Tengo algunas anotaciones sueltas de las muchas enseñanzas que nos daba don Bosco. Pero yo recién las aprendía, y no siempre, cuando las veía en la vida cotidiana de Domingo. Era como nos ocurría en las clases de educación física, el profesor (un oficial retirado del ejército) decía qué era lo que había que hacer y luego Juan Massaglia, que era un superdotado para el deporte lo hacía, entonces los demás nos animábamos.
Don Bosco afirmaba que el mejor apoyo de la juventud lo constituyen los sacramentos de la confesión y la Eucaristía.
Antes de su venida al oratorio Domingo se acercaba a estos sacramentos una vez al mes, como se acostumbraba en las escuelas en esa época. También yo lo hacía, aunque más salteado. En una plática, don Bosco nos dijo: "¿Quieren perseverar en el camino del cielo? Les aconsejo tres cosas: acérquense con frecuencia al sacramento de la confesión, segundo: reciban habitualmente la Santa Comunión y tercero, elijan un confesor fijo y no lo cambien sin necesidad".
Esto lo conversamos con Domingo y él comenzó a confesarse cada quince días y después, cada ocho y a comulgar con la misma frecuencia. Como viera don Bosco que Domingo sacaba gran provecho de las cosas espirituales, le aconsejó comulgar tres veces por semana, y al cabo del año, le permitió hacerlo diariamente.
Yo iba a otro ritmo, ¡qué le vamos a hacer! Pero con el ejemplo de mi amigo hacía mis progresos.
Antes de acostarse, rezaba y cuando se lo pedí, me enseñó a preparar la comunión del día siguiente. Después de comulgar, se quedaba largo rato haciendo su acción de gracias. Como dos días seguidos se quedó en ayunas, don Bosco que se dio cuenta, me encargó llevar a Domingo al comedor cuando ya estuviera servido el desayuno. Por otro lado, como yo lo que prolongaba era el desayuno, don Bosco le dio el encargo de llevarme a las clases. Y ambos éramos inflexibles en el cumplimiento del encargo.
En una de las clases, nuestro profesor, don Francesia, nos contó que había estado en Lanciano y había visto allí las reliquias del famoso milagro eucarístico. La historia era ésta: en el año 700 un monje estaba pasando un tiempo de duras pruebas contra la fe. ¡Dudaba de la presencia real de Nuestro Señor Jesús en la Eucaristía! Oraba constantemente para librarse de esas dudas por miedo de perder su vocación. Una mañana, mientras celebraba la Santa Misa, estaba siendo atacado fuertemente por la duda y después de haber pronunciado las solemnes palabras de la consagración, vio como la Santa Hostia se convirtió en un círculo de carne y el vino en sangre. ¡Estaba ante un fenómeno sobrenatural impresionante! Comenzó a llorar conmovido. Estuvo parado por un largo rato, de espaldas a los fieles. Después se volteó despacio hacia ellos, diciéndoles: ¡Vengan, hermanos y maravíllense ante nuestro Dios tan cerca de nosotros! ¡Contemplen la Carne y la Sangre de Nuestro Amado Cristo!
Las personas se apresuraron para ir al altar y, al presenciar el milagro, empezaron a clamar, pidiendo perdón y misericordia. Otros se arrodillaron en señal de respeto y gratitud por el regalo que el Señor les concedía. Contaron la historia por toda la ciudad y por todos los pueblos circunvecinos. La carne se mantuvo intacta, pero la sangre se dividió en el cáliz, en cinco partículas de diferentes tamaños y formas irregulares. Inmediatamente la Hostia y las cinco partículas fueron colocadas en un relicario de marfil, donde las había visto nuestro profesor y donde puede observarlas cualquiera que vaya a Lanciano.
Yo quedé impresionadísimo y durante unos días asedié a Domingo con preguntas sobre cómo tratar mejor a Jesús en la Eucaristía.
_ Eso es mejor que lo hables con don Bosco _ me respondió.
_ ¿Qué pasa? ¿No me quieres ayudar?
_ No es eso, Lucas, es que... Mira, cuando seas médico (Dios me libre de caer en tus manos) no le darás la misma dosis de medicamento a todos los pacientes, lo mismo ocurre con el alma.
El ejemplo era convincente, pero de todos modos insistí, tratando de hacerlo sentir culpable.
_ Claro, me consideras un desastre y no me quieres ayudar
_ Pero, Lucas... ¿cómo me dices eso? ¡Claro que eres un desastre!
No esperaba esa respuesta. Pero él sonreía y siguió diciendo:
_ ¡Yo también soy un desastre! ¿Qué sería de nosotros sin la ayuda de Dios? Mira, si quieres mejorar, podrías recomenzar haciendo la visita al Santísimo después de almorzar, como la hacías antes de irte de vacaciones. ¡Y reza por una intención mía!
Porque Domingo seguía por entonces dándole vueltas a su proyecto de mejorar la piedad de los que estábamos allí y había hablado con don Bosco sobre ello. Así nació la Compañía de la Inmaculada.
La Compañía de la Inmaculada
En febrero de 1856 me habló por primera vez de la Compañía de la Inmaculada.
_ ¿Una compañía? ¿Desaparece la de los mendrugos?
_ No, el que ha desaparecido eres tú. Los mendrugos se han multiplicado y la compañía tiene más trabajo que nunca.
Era cierto, el entusiasmo se me había pasado y lo mismo a los demás, sólo Juan Massaglia y Miguel Rúa acompañaban a Domingo en esta tarea sin fin.
_ Está bien, pero desde mañana me tendrás de nuevo allí.
_ ¿Por qué no hoy?
_ Es que...
_ ¡Eso es lo que pasa contigo! Siempre lo dejas para mañana y mañana, lo dejarás para mañana... y así, hasta el Juicio Final.
_ Está bien, tienes razón, hoy me tendrás allí.
_ ¿Te gustaría ganarte la protección de la Madre de Dios en esta vida, especialmente a la hora de la muerte?
_ ¡Hombre, claro!
_ Pues he hablado con don Bosco sobre la posibilidad de organizarnos unos cuantos, hacer un reglamento y formar parte de una compañía con ese fin.
_ Pues cuenta conmigo.
_ No tan rápido. Primero tienes que saber a qué te comprometes.
_ Es verdad. ¿De qué se trata exactamente?
_ Esta noche, después de cenar nos reuniremos en el aula para hablar de ello.
_ ¿Todos?
_ Todavía no, sólo los que estamos trabajando en esto: Juan Massaglia, Miguel Rúa, José Bongiovanni y yo. Tal vez alguno más...
Y esa noche, después de haber regresado a mi puesto en la Compañía de los mendrugos, fui con Domingo, Miguel y Juan al aula, donde ya había otros más.
Empezamos rezando un Avemaría y luego nos sentamos en los bancos. Domingo estaba en el escritorio del profesor y los demás le escuchábamos con atención.
_ He hablado con don Bosco sobre nuestra asociación y nos anima a redactar su reglamento.
_ ¿A qué nos obligamos? _ preguntó uno de los oyentes.
_ Hasta ahora hemos acordado lo siguiente: como regla principal, prometemos una rigurosa obediencia a nuestros superiores, a los que nos sometemos con ilimitada confianza. Nuestra primera y especial ocupación consistirá en el cumplimiento de nuestros propios deberes.
_ ¿Qué oraciones debemos rezar cada día?
_ Lo hablé con don Bosco. Frecuentar los sacramentos lo más a menudo que nos sea posible, rezar el rosario cada día y ofrecer los sábados algún regalo a la Virgen.
Juan Massaglia preguntó: _ La otra vez estuvimos de acuerdo en incluir como obligación aprovechar el tiempo.
_ Si, también hablé de ello con don Bosco. Me sugirió redactarlo así: "Evitaremos toda pérdida de tiempo. Después de haber cumplido nuestras propias obligaciones, emplearemos el tiempo que nos quede en ocupaciones útiles, como lecturas piadosas e instructivas o en la oración.” Y algo más...
Temblé, pensé que deberíamos ayunar tres días a la semana o dormir con la cabeza apoyada en un leño.
_Está mandado el recreo después de la comida, la clase y el estudio.
Eso ya estaba mejor.
_ ¿Y lo del ayuno?
_ Tomaremos el alimento que nuestros superiores dispongan, sin quejarnos.
_ ¿Es todo?
_ Hay todavía algunas cosas que aclarar, entre ellas cómo incorporarse a la compañía.
Aquí tomó la palabra Miguel Rúa:
_ El que muestre ilusión por formar parte de esta asociación deberá, ante todo, purificar su conciencia en el sacramento de la confesión, recibir la sagrada comunión, dar luego prueba de buena conducta durante una semana, leer las reglas y prometer a Dios y a María Santísima Inmaculada su exacta observancia.
_ Sí, pero don Bosco me aclaró que nuestras promesas no tienen fuerza de voto ni obligan bajo pena de culpa alguna.
_ ¿Cuál es el próximo paso?
_ Proponernos alguna obra de caridad externa, como la limpieza de la iglesia o dar catecismo a los niños de la zona.
Nos propusimos empezar con la limpieza de la iglesia. Juan Massaglia acordaría con don Bosco el momento más oportuno. También se decidió considerarme desde ese momento miembro de la compañía, sin necesidad de la semana de prueba, lo que se aprobó, pienso yo, por mi amistad con Domingo. Yo no sabía que mi carácter me jugaría muy pronto otra mala pasada.
Otra vez a los golpes
Por esos días acompañé a don Francesia a buscar una donación de cuadernos y lápices que nos vendrían muy bien. Cuando pasamos por la plaza del Castillo escuché una blasfemia. Era un muchacho de unos quince años y al notar mi mirada de reproche, la repitió la burlonamente. Antes de que don Francesia pudiera impedirlo yo ya le había estampado una bofetada al grito de "¡Así no se trata el nombre de Dios!"
Pero el otro era más grande que yo y estaba rodeado de su banda. Un instante después estábamos trenzados en un combate terrible. Allí hubo de todo: patadas, puñetazos, codazos, y en abundancia. Entre varios nos separaron y don Francesia me llevó de vuelta al Oratorio, porque el incidente me había dejado impresentable.
Mientras me lavaba me salían las lágrimas porque algunos golpes me dolían bastante. Trataba de no llorar y entonces sentí que alguien me observaba. Levanté la cabeza y vi a don Bosco.
_ Te han dado duro, Cañón.
Asentí, lavándome la cara. Me salía sangre de la nariz.
_ Me imagino cómo habrá quedado el otro.
_ Dijo una blasfemia.
_ Y tú lo trataste cómo corresponde, ¿eh?. Ven, vamos a que Mamá Margarita te ponga algodón en la nariz.
En cuanto entramos a la cocina, Mamá Margarita dejó lo que estaba haciendo y se ocupó de mí. Don Bosco se quedó, mientras Mamá Margarita me retaba y me mimaba simultáneamente.
_ Quédate sentado mirando hacia arriba, para que te cicatrice la herida. ¡Estos chicos!
Ya conocía la posición. La que había tenido que adoptar Gino cuando me dejó el ojo morado. Don Bosco se quedó haciéndome compañía y me contó una historia:
“Un difunto iba camino del cielo donde esperaba encontrarse con Dios. Para nada iba tranquilo. Y no era para menos, porque en la conciencia a más de llevar muchas cosas negras, tenía muy pocas positivas que hacer valer. Buscaba ansiosamente aquellos recuerdos de buenas acciones que había hecho en sus largos años de usurero. Había encontrado en los bolsillos del alma unos pocos recibos "Que Dios se lo pague", medio arrugados y amarillentos por lo viejo. Fuera de eso, bien poca cosa más. Pertenecía a los ladrones de levita y galera, de quienes comentó un poeta: "No dijo malas palabras ni realizó cosas buenas". Parece que en el cielo las primeras se perdonan y las segundas se exigen. Todo esto ahora lo veía clarito. Pero ya era tarde. La cercanía del juicio de Dios lo tenía a muy mal traer.
Se acercó despacito a la entrada principal y se extrañó mucho al ver que allí no había que hacer cola. O bien no había demasiados clientes o quizá los trámites se realizaban sin complicaciones.
Quedó realmente desconcertado cuando se percató no solo de que no se hacía cola sino que las puertas estaban abiertas de par en par, y además no había nadie para vigilarlas. Golpeó las manos y nadie le respondió. Miró hacia adentro y quedó maravillado de la cantidad de cosas bellas que se distinguían. Pero no vio a ninguno. Ni ángel, ni santo, ni nada que se le pareciera. Se animó un poco más y la curiosidad lo llevó a cruzar el umbral de las puertas celestiales. Y nada. Se encontró perfectamente dentro del paraíso sin que nada se lo impidiera.
_ ¡Caramba! _ se dijo _ Parece que aquí deben ser todos gente muy honrada! ¡Mira que dejar todo abierto y sin guardia que vigile!
Poco a poco fue perdiendo el miedo y fascinado por lo que veía se fue adentrando por los patios de la Gloria. Realmente una preciosura. Era para pasarse allí una eternidad mirando, porque a cada momento uno descubría realidades asombrosas y bellas.
De patio en patio, de jardín en jardín y de sala en sala se fue internando en las mansiones celestiales, hasta que desembocó en lo que tendría que ser el despacho de Dios. Por supuesto, estaba abierto también de par en par. Titubeó un poco antes de entrar. Pero en el cielo todo termina por inspirar confianza. Así que penetró en la sala ocupada en su centro por el escritorio de Dios. Y sobre el escritorio, un catalejo. Nuestro amigo no pudo resistir la tentación _ santa tentación al fin _ de echar una miradita hacia la tierra con el catalejo de Dios. Y fue ponérselos y caer en éxtasis. ¡Qué maravilla! Se veía todo clarito y patente. Con el catalejo se lograba ver la realidad profunda de todo y de todos sin la menor dificultad. Pudo mirar lo profundo de las intenciones de los políticos, las auténticas razones de los economistas, las tentaciones de los santos, los sufrimientos de las dos terceras partes de la humanidad. Todo estaba patente a la mirada de Dios, como afirma la Biblia.
Entonces se le ocurrió una idea. Trataría de ubicar a su socio de la financiera para observarlo desde esta situación privilegiada. No le resultó difícil conseguirlo. Pero lo agarró en un mal momento. En ese preciso instante su colega estaba estafando a una pobre mujer viuda mediante un crédito bochornoso que terminaría de hundirla en la miseria per saecula seculorum. Y al ver con meridiana claridad la cochinada que su socio estaba por realizar, le subió al corazón un profundo deseo de justicia. Nunca le había pasado algo así en la tierra. Pero, claro, ahora estaba en el cielo. Fue tan ardiente este deseo de hacer justicia, que sin pensar en otra cosa, buscó a tientas debajo de la mesa un banquito de madera y revoleándolo por sobre su cabeza lo lanzó a la tierra con una tremenda puntería. El banquito le pegó un formidable golpe a su socio, tumbándolo allí mismo.
En ese momento se sintió en el cielo una gran algarabía. Era Dios que retornaba con los ángeles, las vírgenes, los confesores y los mártires, luego de un día de campo en los collados eternos.
Nuestro amigo se sobresaltó. Como era pura alma, el alma no se le fue a los pies, sino que se trató de esconder detrás del armario de las indulgencias. Pero no le sirvió de nada porque a los ojos de Dios todo está patente. Así que fue entrar y llamarlo a su presencia. Pero Dios no estaba irritado. Gozaba de muy buen humor, como siempre. Simplemente le preguntó qué estaba haciendo.
La pobre alma trató de explicar balbuceando que había entrado a la gloria, porque estando la puerta abierta nadie le había respondido y el quería pedir permiso, pero no sabía a quien...
_ No, no _ le dijo Dios _ no te pregunto eso. Todo eso está muy bien. Lo que te pregunto es qué hiciste con mi banquito, donde apoyo los pies.
Reconfortado por la misericordiosa manera de ser de Dios, el hombre se fue animando y le contó que había entrado en su despacho, había visto el catalejo, y que no había resistido la tentación de echarle una miradita al mundo. Que le pedía perdón por el atrevimiento.
_ No, no, _ volvió a decirle Dios _ todo está muy bien. No hay nada que perdonar. Mi deseo profundo es que todos los hombres fueran capaces de mirar el mundo como yo lo veo. En eso no hay pecado. Pero hiciste algo más. ¿Qué pasó con el banquito donde apoyo los pies?
Ahora sí el ánima bendita se encontró animada del todo. Le contó a Dios en forma apasionada que había estado observando a su socio cuando cometía una tremenda estafa, y que le había subido al alma un gran deseo de justicia, y que sin pensar en nada había manoteado el banquito y se lo había arrojado en la cabeza.
_ ¡Ah, no! _ le dijo Dios _ Ahí te equivocaste. No te diste cuenta de que si bien tenías mi catalejo, te faltaba tener mi corazón. Imagínate que si yo cada vez que veo una injusticia en la tierra me decidiera a tirarles un banquito, ¡no alcanzarían los carpinteros de todo el universo para abastecerme de proyectiles! No. Hay que tener mucho cuidado con usar mi catalejo, si no se está seguro de tener mi corazón. Sólo tiene derecho a juzgar, el que tiene el poder de salvar.
Y poniéndole la mano sobre el hombro le dijo con afecto de Padre:
_ Vuelve a la tierra. Y en penitencia , durante cinco años reza todos los días esta jaculatoria: "Jesús, manso y humilde de corazón, dame un corazón semejante al tuyo."
Y el hombre se despertó jadeando. El sol ya había salido y afuera cantaban los pájaros”
_ ¿Qué te ha parecido la historia, Cañón?
_ Me ha gustado mucho.
_ Sin embargo estás preocupado.
_ Sí. Porque cuando se enteren los de la Compañía de la Inmaculada que me he tomado a golpes de nuevo ¡me expulsarán!
_ ¿Cuándo te incorporaste?
_ Ayer.
La herida ya se había cicatrizado. Don Bosco me llevó hasta la cocina y le dijo a Mamá Margarita que necesitaba un dulce para recuperarme. Mamá Margarita protestó, dijo que yo era un malcriado, pero me dio un dulce que me vino muy bien. Y no fui expulsado de la Compañía. Pero se redactó un nuevo artículo en su reglamento que decía así: "Trabajaremos para evitar cualquier disgusto entre nosotros, por pequeño que sea, y soportaremos con paciencia a nuestros compañeros y a las demás personas que nos resulten antipáticas."
Juan Massaglia
En el mes de marzo don Bosco emprendió la construcción del segundo cuerpo del edificio del internado, derribándose lo que se llamaba casa Pinardi. Todos trabajamos retirando los escombros.
Por esas fechas Juan Massaglia enfermó de un catarro. Aunque no parecía nada grave como sus padres deseaban someterle a una cura radical, se lo llevaron a su casa, en Marmorito, pueblo poco distante de Mondonio.
Desde allí le mandó a Domingo una carta, que él me mostró. La carta decía así:
"Querido amigo:
Mi intención era permanecer solamente algunos días en casa y volver enseguida al Oratorio: esa fue la razón por la que dejé todos mis trastos de estudiante por ahí; pero veo que las cosas van despacio y que la curación de mi enfermedad es cada día más incierta. El médico dice que voy mejorando, pero a mi me parece que estoy peor. Habrá que ver quien tiene razón.
De lo que siento gran pena es de hallarme lejos de ti, de don Bosco, de Lucas, de Miguel y del Oratorio y de no tener facilidades para hacer las prácticas de piedad.
Te ruego, entretanto, que tengas la bondad de ir a la sala de estudio y de hacer una visita policíaca a mi pupitre. Encontrarás allí unos cuadernos y a su lado, la Imitación de Cristo, de Kempis. Haz de todo un paquete y envíamelo.
Me estoy hartando de no hacer nada y encima el médico me ha prohibido estudiar. Doy muchas vueltas por mi cuarto y pienso: ¿Saldré de ésta? ¿Volveré a ver a mis amigos? Sólo Dios sabe lo que ha de ser. Yo creo estar preparado para acatar Su Voluntad.
Si se te ocurre algún consejo, no te lo guardes. Dime cómo andas de salud y no te olvides de mí en tus oraciones, particularmente a la hora de la comunión.
Saluda a nuestros amigos, especialmente a los de la Compañía de la Inmaculada. Te saluda afectuosamente
Juan Massaglia. "
_ ¿Qué opinas?
_ Tal vez el médico tenga razón y esté realmente mejorando. Es sólo un catarro.
_ ¡Quién sabe! ¿Vamos a la sala de estudio?
Fuimos y sacamos del pupitre de Juan los cuadernos y el Kempis. Era el 2 de abril, día en que Domingo cumplía catorce años. En la carta que le escribió le decía:
"Querido Massaglia:
Tu carta me ha dado una gran alegría. Por ella veo que aún vives, pues desde tu partida no había tenido noticias tuyas y estaba en dudas si rezar por ti un gloria o un responso. Ahí van los objetos que me pides. Sólo te hago saber que el Kempis es, sí, muy buen amigo, pero que se murió y hace tiempo que no se mueve de su sitio. Es necesario, por lo mismo, que tú te hagas el encontradizo con él, le sacudas el polvo y lo leas, haciendo después lo posible por poner en práctica cuanto halles en él.
Suspiras por la comodidad que aquí tenemos a la hora de cumplir nuestras devociones: no te falta razón; cuando yo voy a Mondonio me ocurre prácticamente lo mismo. Para suplir esta deficiencia, yo procuraba todos los días hacer una visita al Santísimo Sacramento, haciéndome acompañar de cuantos amigos podía. Además de la Imitación, leía el Tesoro escondido en la Santa Misa, de Leonardo de Porto Maurizio. Si te parece, haz tú lo mismo.
Dios nos conserve siempre en su santa gracia y nos ayude a ser santos, pero pronto, porque temo que nos va a faltar el tiempo.
Todos nuestros amigos esperan tu regreso y te saludan. Yo, por mi parte, me despido con cariño de hermano.
Domingo Savio"
_ ¿Qué es esto de que nos va a faltar el tiempo?_ pregunté preocupado.
_ No tenemos asegurado el mañana.
_ Bueno, pero ¡si tienes catorce años! Y tu salud...
Me callé. La salud de Domingo no era buena, pero yo no sabía demasiado de sus dolencias porque él de eso no hablaba conmigo. Hicimos el paquete y se lo enviamos a Juan con uno de los muchachos que era de Marmorito.
El mes de la Virgen
Sucedió por entonces que un hombre, en tiempo de recreo, se introdujo entre nosotros y se puso a hablar a los gritos, de tal modo que todos podíamos oírle. Y para atraernos comenzó a contar bufonadas e historietas graciosas. Nos apiñamos a su alrededor, escuchando sus payasadas; pero, cuando vio que le rodeábamos empezó a decir cosas horribles de la Iglesia. Yo que siempre reaccionaba, esa vez me quedé como paralizado. Los otros se reían y el tipo parecía muy seguro de lo que decía.
Entonces llegó Domingo y en cuanto escuchó dos frases, venciendo todo respeto humano, nos dijo:
_ Amigos, ¡dejemos sólo a este desgraciado, que intenta robarnos nuestras almas!
Todos nos alejamos de allí inmediatamente. El hombre, viéndose sólo, se fue maldiciendo.
_ Es un emisario del demonio. _ murmuré.
_ Un pobre hombre, recemos por él.
Terminaba el mes de abril y se acercaba el mes de la Virgen. Fuimos con Domingo a ver a don Bosco.
_ ¿Cómo podría celebrar bien el mes de María? _ le preguntó Domingo.
_ Podrías celebrarlo cumpliendo exactamente tus deberes y ¿qué te parece esto? ya que eres bueno contando historias, cuenta una cada día a tus compañeros en honor de María.
_ Trataré de hacerlo. ¿Qué debo pedirle a la Virgen?
_ Le pedirás que te alcance de Dios salud y gracia para hacerte santo.
_ Don Bosco, ¿y qué me dice a mí?
_ A ti, Cañón, que cada día saltes de la cama por la mañana y reces el Bendita sea tu pureza como ofrecimiento de obras.
Esa fue mi lucha el mes de mayo. Cada semana le contaba a don Bosco el resultado: empecé ganando 5 a 2, pero a mitad de mes ya estaba 8 a 7. Al día 31 había vencido 17 días y perdido 14. A don Bosco le pareció que no estaba nada mal y me animó a perseverar en la lucha.
Pero lo de Domingo en ese mes fue arrollador. Contaba historias que nos hacían mucho bien. Yo trataba de aprendérmelas para contarlas por carta a mis hermanos. La que más me gustaba era ésta:
“Resulta que un chico se había quedado con las piernas paralizadas y estaba en una silla de ruedas. Se había vuelto quejoso, insoportable y egoísta. Vivía teniendo lástima de sí mismo y oprimiendo a su pobre madre viuda. Un día escuchó que había un santuario de la Virgen del que se contaban grandes prodigios y exigió a la madre que lo llevase, para que la Virgen lo curara. La buena mujer tembló. ¿Y si no ocurría ningún milagro? ¿Perdería su hijo la fe? Intentó demorar la visita pero su insoportable hijo insistió hasta que no tuvo más remedio que hacer el viaje y ponerlo frente a la imagen milagrosa. El chico se disgustó porque había gente. Quería a la Virgen para él solo y decidió esperar a que se fueran todos los demás. Una mujer que estaba allí se puso de rodillas y llorando le pidió en voz alta a la Virgen, con mucho dolor, que curara a su hijita Cecilia, que estaba muriéndose. La mujer se fue y entonces quedaron solos en el santuario la viuda y su hijo. Estuvieron un buen rato en silencio, frente a la imagen de Nuestra Señora.
Al salir, la madre le preguntó: Hijo, ¿le has pedido con fe a la Virgen?
Y el chico, asombrosamente sereno: Sí, mamá, le pedí con mucha fe.
- Le pediste… ¿volver a caminar?
_ No, mamá. Le pedí que ¡curara a Cecilia!
La Virgen había hecho el milagro. ¡Había cambiado el corazón de su hijo!”
Pero además de lo que le había sugerido don Bosco, Domingo hizo mucho más: rezaba cada día el Angelus, se propuso (y lo logró) rezar las tres partes del Rosario tres veces por semana, todos los días la letanía de la Dolorosa, los siete dolores y los siete gozos, rezaba muchos Acordaos. Se las ingenió para que don Francesia dedicara unas clases a practicar el canto de la Salve a la Virgen, para cantarla mejor los sábados.
Un día le dije:
_ Si todo te lo haces este año. ¿qué te va a quedar para el que viene?
_ Eso corre por mi cuenta. _me respondió_Este año quiero hacer todo lo que pueda, y el próximo, si aún vivo, ya te lo diré.
José Bongiovanni, tuvo la idea de hacer un altarcito a la Virgen en el dormitorio para ofrecerle diariamente un homenaje especial. Don Bosco dio su aprobación. Domingo era todo actividad en esta obra, pero cuando fueron después a recolectar la pequeña cuota con que cada uno debía contribuir, la empresa se complicó.
_ ¡Pues sí que estoy arreglado! Para esto hace falta dinero, y yo no tengo un céntimo en el bolsillo.
Entonces le pidió permiso a don Bosco para vender un libro que le habían dado como premio. Don Bosco se lo permitió y contento lo entregó a José:
_ Ésta es mi contribución. Saquen de él lo que puedan.
A mí el gesto me desarmó. Sabía lo que le gustaban los libros a Domingo y verlo tan desprendido me movió a imitarlo. Quise contribuir y se me ocurrió hacerlo con mi bufanda de lana.
_ Pregúntale primero a don Bosco. _ me dijo Domingo
Así lo hice. Y así lo hicieron los demás. Y entre libros, ropa y objetos diversos, organizamos una tómbola con la que se recaudó el dinero necesario para hacer un altar digno.
Sin embargo, los últimos días del mes de Mayo fueron de mucho dolor porque el 20 murió sorpresivamente Juan Massaglia.
Domingo quedó profundamente afligido y aunque resignado a la voluntad de Dios, le lloró varios días. Fue la primera vez que vi llorar a Domingo. Y yo le decía a la Virgen: “¡Con lo bien que Domingo estaba viviendo el mes de mayo! ¿No podías evitarle este dolor?” Pero pronto dejé de decirlo, me di cuenta de que no podía entender los planes de Dios y que si yo quería a Domingo, ¡la Virgen lo quería infinitamente más!
Una de esas noches, apagadas ya las luces del dormitorio, escuché sus sollozos. Bajé de mi cucheta –como siempre, Domingo me había dejado elegir- y me senté a su lado.
_ Domingo, calma... Juan está en el Cielo con Camilo.
_ Sí, pienso igual.
_ ¿Te has imaginado el cielo alguna vez?
Esto lo distrajo un poco de su pena. Jugamos un rato a que éramos los arquitectos del Cielo, que éramos todopoderosos e íbamos colocando allí todo lo que nos gustaba: el mar, las montañas, los arroyos, los bosques... y luego un clima perfecto, y a la Virgen, los santos... Finalmente se quedó dormido. Subí despacio a mi cama y en sueños escuché una voz amabilísima que me decía: "Bien, Cañón, muy bien..."
La salud de Domingo
El 8 de junio de 1856, después de los últimos retoques y habiéndolo revisado don Bosco, fuimos todos los miembros de la Compañía de la Inmaculada al altar de María Santísima y Domingo leyó el reglamento. El último punto señalaba: "la asociación está puesta bajo el patrocinio de la Inmaculada Concepción, de quien tomamos nombre y cuya medalla constantemente llevaremos. Una sincera, filial e ilimitada confianza en María, un amor singularísimo y una devoción constante hacia ella nos harán superar todos los obstáculos y ser firmes en nuestras resoluciones, rigurosos con nosotros mismos, amables con el prójimo y exactos en todo."
Este día significó para mí un compromiso más decidido por luchar contra mis defectos y sobre todo, a tener los ojos bien abiertos para aprender de Domingo cómo se luchaba para ser santo.
A Domingo le hubiera gustado ayunar o pasarse las noches orando de rodillas pero don Bosco no se lo permitía.
_ La penitencia que Dios quiere de ti es la obediencia. Obedece y ya tienes bastante.
_ ¿Pero no podría hacer otra penitencia más?
_ Sí, se te permite ésta: soportar con paciencia las injurias que te hagan, tolerar con resignación el calor, el frío, el viento, la lluvia, el cansancio y todas las indisposiciones de salud que quiera enviarte el Señor.
_ ¡Pero todo esto hay que sufrirlo por necesidad!
_ Pues lo que haya que sufrir por necesidad ofrécelo al Señor y se convertirá en virtud, y ganarás muchos méritos para tu alma.
Aunque Domingo no se quejaba, yo me daba cuenta que su salud empeoraba. No estaba triste, pero sí más pálido. Tosía mucho y todo le costaba más: levantarse, concentrarse en clase, estudiar... Se lo comenté a don Bosco, quien también lo venía observando y decidió que se sometiera a una consulta de médicos. Lo acompañé y todos quedaron admirados de su buen humor, su agilidad mental y la madurez de juicio que mostraba en sus respuestas. Oí el diálogo entre uno de esos médicos, el doctor Francisco Vallauri y don Bosco:
_ ¡Qué maravilla de chico!
_ ¿Cuál es el origen de la enfermedad que lo va consumiendo día tras día? _ preguntó don Bosco
_ Su complexión delicada, el precoz desarrollo de su inteligencia y la continua tensión de su espíritu son como limas que van desgastando insensiblemente sus fuerzas vitales.
_ ¿Y cuál es el mejor medio para curarlo?
_ Lo mejor será dejarlo ir al paraíso, pues se le ve estar muy preparado; más lo único que podría prolongarle la vida sería alejarle enteramente de los estudios por algún tiempo y entretenerle en ocupaciones materiales adecuadas a sus fuerzas.
Como no se hallaba tan falto de fuerzas que necesitase guardar cama continuamente, a veces iba a clase o al estudio y otras se entretenía en trabajos de la casa, hacía mandados y encargos que le daban.
Cierta vez que volvíamos de la casa del impresor Paravía presenciamos una pelea entre varios niños. Uno de ellos soltó una blasfemia. Mientras yo los separaba, Domingo se acercó al chico:
_ ¿Qué edad tienes?
_ Nueve.
_ Ven conmigo y no te arrepentirás.
Domingo inspiraba confianza. Caminaron hasta la iglesia y entrando fueron hasta el altar. Domingo lo hizo arrodillarse a su lado, diciéndole: "Pide perdón al Señor de la ofensa que le has hecho nombrándolo en vano".
Yo me arrodillé también. Como el niño no sabía el acto de contrición, lo recitamos juntos y luego Domingo añadió:
_ Di conmigo estas palabras para reparar la injuria que has hecho a Jesús: "¡Alabado sea Jesucristo y que su santo nombre sea siempre alabado!"
Luego salimos y Domingo le regaló unos caramelos que le acababan de obsequiar en la casa donde habíamos estado.
Durante el mes de julio, la gran ilusión de Domingo era estar en condiciones de asistir a los ejercicios espirituales que tendrían lugar en Lanzo a mediados de mes.
Don Bosco le permitió hacerlos. La madrugada del último día cayó un rayo en la habitación de don Bosco. Fue un gran susto. Gracias a Dios nadie salió lastimado. Ese retiro terminó con un Te Deum, que rezamos el 27 en Turín.
Después del retiro espiritual, don Bosco envió a Domingo a casa de sus padres.
_ Cañón, _ me comentó _ Esta separación del Oratorio, de don Bosco, de mamá Margarita y de ti me es más dolorosa que todas las enfermedades juntas.
_ Bueno, Domingo, pero no te vendrán mal unos días de descanso.
Sonrió y me dijo:
_ Me voy porque don Bosco así me lo ha indicado. No te digo adiós, sino hasta luego. Pide por mí.
_ Lo haré.
Y lo hice.
Domingo salva a su madre
A la mañana siguiente me desperté. Cómo solía ocurrirme, discutí un rato conmigo mismo si salir de la cama o esperar a que las circunstancias fueran más favorables. Me acordé de Domingo y salté al suelo. Ver su cama vacía me dejó un poco desolado. Bueno, me dije, pronto volverá. Fui a mi armario. Antes de irse, Domingo me lo había ordenado y entre mis elementos de aseo encontré unos dulces que don Bosco le había dado para el viaje. Mi amigo me los había dejado.
Domingo no pasó mucho tiempo en Mondonio. Ya he dicho que sus hermanos lo adoraban y que como siempre estaba inventando juegos y contando historietas, los chicos del pueblo lo seguían por todos lados. El párroco decía que cada vez que Domingo volvía al pueblo era una especie de terremoto y que atendía en esos días tantas confesiones de niños como en los días de Primeras Comuniones. Domingo se daba mucha maña para prepararlos bien, así no agotaban al buen cura. Éste por otro lado, no disimulaba su esperanza de que algún día Domingo se ordenara sacerdote y lo ayudara todavía más.
En cuanto pudo, Domingo volvió al Oratorio y se presentó a los exámenes de agosto, que rindió con brillantes calificaciones. Me dio la impresión de que estaba con mejor color. Lo notaba feliz de haber vuelto y muy entusiasmado en todas las cosas que había que hacer, ya fueran las prácticas de piedad de la Compañía de la Inmaculada, las traducciones de latín, la limpieza de la casa (y de los mendrugos) y el juego. Por eso me sorprendió que un día, mientras yo estaba con don Bosco ayudándolo a ordenar los borradores de su “ Historia de Italia” se presentara con un pedido insólito.
_ Don Bosco, ¿quiere hacerme un favor? Deme un día de permiso.
_ ¿A dónde quieres ir?
_ A casa, porque mi madre está muy delicada y la Virgen la quiere curar.
_ ¿Quién te lo ha dicho? ¿O es que te han escrito?
_ No, nadie me ha dicho nada. Pero yo lo sé.
Yo miré a Don Bosco. No le hizo más preguntas, sólo le dijo _ Puedes irte en seguida _ y le dio dinero.
_ Aquí tienes para el viaje hasta Castelnuovo. Desde ahí hasta Mondonio ya no hay combinación. Tendrás que ir a pie. Pero si encuentras algún vehículo ahí tienes dinero suficiente.
Lo que ocurrió después lo supe por su hermana Teresa:“Mi madre se encontraba en un momento muy apurado, próxima a dar a luz. Sufría dolores indecibles. Las vecinas, siempre prontas para aliviar estos sufrimientos, no sabían qué hacer. El trance era serio. Mi padre entonces se decidió a ir a Buttigliera de Asti en busca del doctor Girola cuando inesperadamente se encontró con Domingo que venía a Mondonio. Mi padre, sobresaltado, le preguntó:
_ ¿A dónde vas?
_ A ver a mamá, que está enferma.
_ Mejor quédate en Ranello, en casa del abuelo. Te pasaré a buscar por allí más tarde.
Mi padre se fue a buscar al doctor. Domingo no fue a lo del abuelo, siguió hasta casa. Mi madre, en cuanto lo vio, le saludó pero se apresuró a decirle:
_ Ve ahora con estos vecinos. Más tarde te llamaré.
Pero Domingo no se dio por enterado. Se acercó a la cama, abrazó cariñosamente a mi madre, la besó y le dijo:
_ Ahora me voy, pero antes quería abrazarte.
Y en efecto, se retiró enseguida. Apenas Domingo la dejó, acabaron los dolores. Cuando el doctor llegó ya estaba todo resuelto: había nacido Catalina.
Fue una gran alegría, porque todos nos imaginábamos lo peor”.
Esto ocurrió el 12 de septiembre de 1856. Pocos días después bautizaron a la niña y Domingo fue el padrino.
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