SER SANTO
 

¿Cómo?
Testimonios
Frases
Reflexiones

Sto. DOMINGO SAVIO
HABLA CON DIOS
ILUSIONISMO
DESCARGAS
CURIOSIDADES


Sábana Santa
Webcam Vaticano
TV directo
Juegos Online
Humor cristiano
Enviar postales
FOROS QSS

 

 

SAN JUAN BOSCO
Historia de una vida ilusionante

Por Iván Pittaluga (Argentina)

 

Capítulos 21 a 29

 

 

Defendiendo a un amigo

         En el mes de octubre de ese año 1856 se acabó la estructura del nuevo edificio del Oratorio. El número de internos ascendió a ciento setenta. El trabajo para don Bosco y Mamá Margarita  aumentaba y los más veteranos del Oratorio procurábamos poner el hombro en todo lo que podíamos. Don Bosco nos recordaba que nuestro ejemplo era importante para dar el ambiente alegre y cristiano que nosotros habíamos hallado al entrar. Ahora nuestros compañeros eran muchos más, ya no estaban con nosotros Camilo Gavio ni Juan Massaglia, que tanto bien habrían podido hacer -¡mucho más que el que podía hacer yo!- y por otro lado la situación del país seguía siendo difícil para la Iglesia.
         La salud de Domingo había empeorado otra vez. Yo hubiera dado cualquier cosa por ser ya médico, y el más grande especialista mundial en pulmones, para sanar los de mi mejor amigo.
         Acudíamos a casa de un prestigioso profesor, don Mateo Picco, para cursar lo que entonces se llamaba la cuarta gimnasial. Cada tanto a Domingo le daban ataques de tos. Un compañero desaprensivo le lanzaba entonces miradas irónicas. A mí esto me hacía hervir la sangre y finalmente me propuse corregirlo, como Domingo lo hubiera hecho conmigo. Me hice el encontradizo con él y le dije:
         _ Mira, no sé si te das cuenta que Domingo está bastante enfermo.
         _ ¡Hombre! Parece que al niño le gusta llamar la atención con sus tosecitas…  _ dijo, creyéndose gracioso.
         Esto me sublevó y lo levanté de las solapas.
         _ Escucha esto, imbécil. ¡Domingo es mi mejor amigo y ni tú ni yo le llegamos a la suela de los zapatos! Si tose es porque debe estar grave. Si tu tuvieras los pulmones la décima parte enfermos que los suyos los vomitarías en el pupitre. Pero él se la aguanta y no se queja. ¡Si te llego a ver esa sonrisita estúpida cuando lo oyes toser te las verás conmigo…! ¿Te ha quedado claro? – concluí sacudiéndolo.
         El otro, asustado, asintió nerviosamente y se fue corriendo. En realidad, Domingo nunca me había agarrado de las solapas, ni me había dicho imbécil, ni mucho menos me había amenazado. Definitivamente, no lo había hecho bien desde el punto de vista técnico. Lo cierto es que cuando oía toser a mi amigo se me rompía el corazón.
         Él siempre estaba contento y animado, y se esforzaba mucho en sus estudios y siempre estaba dispuesto a colaborar en las mil tareas domésticas del Oratorio. Una noche que yo estaba acompañando a don Bosco a cenar en la cocina advertí que no tenía agua para beber y fui a buscarla. En eso, entró Mamá Margarita, que al no advertir mi presencia, le comentó a su hijo:
         _ He visto a Domingo, no tiene buen aspecto.
         _ Sí, es cierto.
         _ Temo que su debilidad no le va a permitir continuar los estudios.
         _ Si se tiene que volver a Mondonio, lo voy a extrañar mucho. Pero haré lo que digan los médicos.
         _ Cada día estoy más convencida de que este chico es un santo. Un santo de verdad.
         Al llegar yo, Mamá Margarita cambió de tema y comenzó a meterse conmigo. Yo le tenía mucha confianza y también bromee con ella. Don Bosco me agradeció la compañía y fue a la iglesia, a rezar. Cuando llegué al dormitorio, Domingo ya estaba dormido. Como él me había enseñado, me puse de rodillas y recé tres Avemarías antes de acostarme pidiendo para mí y para todos la Santa Pureza. Agregué un Acordaos, para que la tos dejara en paz a mi amigo, al menos por esa noche.

Un hecho extraordinario y un ají boliviano

         Uno de esos días me enviaron a hacer un mandado de cierta importancia a Turín. Salí inmediatamente después del desayuno, muy contento de que don Bosco ya me considerara lo suficientemente responsable para llevarlo a cabo y también –todo hay que decirlo- porque me escaparía de las clases cosa que siempre que ocurría me ponía de excelente humor. Llegué pasada la hora del almuerzo y fui a ver a don Bosco, para contarle que había realizado con éxito mi gestión.
         _ Bien, Cañón, no esperaba menos de ti. Oye, ven conmigo.
         Acompañé a don Bosco a la iglesia. No había nadie.
         _ Vamos al coro.
         Subimos por la escalera lateral y llegamos al coro. Me quedé helado. Al principio pensé que don Bosco había traído una nueva imagen y la había colocado allí. Pero no era ninguna estatua. Era Domingo y estaba inmóvil.
         _ Debí haberlo supuesto._ susurró don Bosco y se explicó: _ Me han dicho que no fue a clases hoy. Tampoco a desayunar ni almorzar.
         Estábamos a pocos metros de él. No se le movía un músculo, estaba como arrobado, de rodillas, mirando el Sagrario.
         _ ¿O sea que lleva aquí horas?
         _ Así es, Cañón.
         _ Disculpe, don Bosco, pero… ¿qué se hace en estos casos?
         _ Tú le darías una buena patada, ¿no?
         _ No, don Bosco, a Domingo jamás.
         Don Bosco se acercó y lo llamó, pero Domingo no respondió. Lo sacudió levemente del hombro, y nada. Al final, le pegó un sacudón. Domingo volvió en sí.
         _ ¡Eh! ¿Ya se ha acabado la Misa?
         No pude aguantar la risa.
         _ ¿Y a ti qué te pasa?
         _ Es que la Misa acabó… ¡hace seis horas!
         _ ¿Cómo? ¿Don Bosco…?
         _ El Cañón tiene razón, hijo. Son las dos.
Domingo se puso rojo como un tomate…
         _ Disculpe…yo.
         _ No hay nada que disculpar. Vayan a comer. Si te ven con el Cañón pensarán que los envié juntos.
         Bajamos y me di cuenta que lo peor que podía hacer era empezar a hacerle preguntas, así que le conté lo que había hecho durante la mañana para que se distrajera y también una anécdota de mi niñez.
         Resulta que una vez había llegado a mi pueblo un circo y para atraer al público habían dejado a la vista las jaulas con los animales. Entre ellos había un mono antipático al que inútilmente estuve tratando de hacer que se moviera de su rincón. Por esos días nos había visitado un tío de América y entre otros regalos había dejado unos ajíes bolivianos terriblemente picantes. Me fui a casa y volví con uno. Al simio le atrajo el color rojo fuerte del picante y cuando se lo arrojé le dio un buen mordisco, pensando tal vez que se trataba de alguna fruta tropical. Se quedó un instante perplejo y cuando sintió que el fuego le quemaba las entrañas, enloqueció. Empezó a dar volteretas y a pegar chillidos. ¡Un espectáculo! Se amontonó tanta gente que el dueño del circo se acercó a ver que ocurría. La gente aplaudía al mono que saltaba enloquecido de una rama a otra. Fue una decepción que el mono no apareciera esa noche en la función.
         Domingo se rió bastante, hasta que le dio un ataque de tos. Le serví agua y se puso bien. Fue entonces que me dijo:
         _ ¿Sabes, Cañón? Me dan miedo esas benditas distracciones. Me parece que sobre mi cabeza se abre el Cielo. Ya me ha ocurrido otras veces. Incluso en el recreo.
         Iba a decir una tontería, pero me di cuenta que no era el momento y me callé.
         _ Una mañana, mientras daba gracias después de la comunión, me sobrevino una fuerte distracción y me pareció ver una vastísima llanura llena de gente. Todo estaba cubierto por una niebla densa. Caminaban desorientados, como ciegos. Entonces alguien me dijo que esa región era Inglaterra. Iba a preguntar algo cuando vi al Papa Pío IX, como lo había contemplado en algunos cuadros. Vestía majestuosamente y llevaba una antorcha. A medida que iba avanzando, la gente quedaba inundada de tanta luz como en pleno mediodía…
         Esta vez fui yo quien se sirvió agua. Tomé un buen trago.
         _ No hables de esto, Cañón.

 

"Me importa...¡y mucho!"

         Como ya he comentado, el número de internos seguía aumentando y don Bosco confiaba en nosotros para que, además de ayudar en los quehaceres de la casa, cuidáramos que no se perdiera el buen ambiente del Oratorio.
         Sucedió un día que uno de los nuevos llevó una revista pornográfica. Una turba de curiosos lo rodeó en el patio para mirar aquellas figuras que hubieran causado asco a un cerdo. En cuanto vio movimientos extraños, Domingo fue a ver qué ocurría. De un manotazo se quedó con la revista y la hizo pedazos.
         Cuando llegué, les estaba hablando encolerizado:
         _ ¡Desgraciados! ¡Dios nos ha dado ojos para ver tantas cosas buenas, no para llenarnos el alma de basura!
         _ ¿Qué te pasa, Savio? ¿Vas a ir con el cuento a don Bosco?
         El que lo enfrentaba era el que había traído la revista, que ahora era papel picado.
         _ En el Oratorio no somos chismosos, replicó Domingo, pero no consentimos estas porquerías.
         Otro se envalentonó.
         _ ¡Cállate, santurrón, vete a predicar a la iglesia! Déjanos en paz, ¿qué te importa a ti?
         Iba a lanzarme contra el insolente, pero Domingo me detuvo. Los ojos le brillaban y rugió:
         _ ¡Me importa mucho!
         Lo dijo con una fuerza increíble.
         _ ¡Me importa porque ésta es mi casa! ¡Me importa por todo el sacrificio que hacen don Bosco y Mamá Margarita para educarnos bien! ¡Me importa porque Cristo murió por todos y también por ti! ¿Entiendes?
         Se hizo un profundo silencio.
         _ Claro que entiendes… ¡Todos ustedes lo entienden!
         Domingo se adelantó hasta el que había traído la revista.
         _ Ya sabes lo que tienes que hacer.
         El chico bajó la cabeza.
         Después nos miró a los demás y dijo: _ He sido un imbécil. Perdónenme.
         Miró a Domingo y le palmeó el brazo: _ Has hecho bien. Iré a ver a don Bosco y me confesaré.
         Volvió a dirigirse a todos: _ ¡Olviden esto que pasó!
         Y luego, le indicó a quien lo había apoyado: _ Tú… ven conmigo, también tienes que ver a don Bosco.
         Me pareció que era el momento de intervenir:
         _ ¿Quién quiere jugar a la pelota? ¡Vamos!
         Al rato ya estábamos todos jugando y el episodio se había olvidado. Los dos chicos que se habían ido a confesar regresaron radiantes de alegría e ingresaron uno en cada equipo. Poco después llegó don Bosco. Le gustaba estar en el patio, nos conocía a todos y no sólo por el nombre. Sus ojos taladraban nuestras conciencias.
         Cierta vez don Bosco estaba en el patio y llamó a uno de los chicos.
         _ ¿Te has ido a confesar?
         _ Sí, don Bosco
         _ ¿Te han dado la absolución?
         _ Sí.
         _ Y sin embargo no te has confesado bien.
         _ ¿Quiere usted saber mejor que yo lo que me pasa a mí?
         _ Mejor que tú, no; pero tan bien como tú sí…
         El chico se alejó indignado. Don Bosco se quedó triste. Días después se hizo el encontradizo. Los remordimiento de una mala confesión habían ablandado la soberbia del chico.
         _ ¡Ven! Quiero que arreglemos las cosas de tu conciencia.
         _ ¡No me animo a confesarme con usted!
         _ ¡Pero si yo no quiero que tú te confieses! Yo confesaré tus pecados sin que tú digas una palabra.
         Así fue. De rodillas a los pies de don Bosco oyó el chico, espantado una por una todas sus culpas. Le bastó decir finalmente un sí para recibir la absolución.
         No todos los alumnos creían en este don sobrenatural. Más de uno lo tomó a risa y quiso ponerlo a prueba. Don Bosco se prestaba o no a los ensayos de los incrédulos, según conviniera a sus almas.
         _ Don Bosco, ¿me da un consejo?
         _ ¿Qué consejo quieres?
         _ Un consejo que haga bien a mi alma.
         _ Bueno, escucha: hace tres años y medio que estás en pecado mortal.
         _ ¡Imposible! Siempre me confieso…
         _ Y sin embargo escucha:
         Y le habló de casi cincuenta cosas que siempre había callado en confesión. A cada pecado que don Bosco recordaba, el chico respondía:
         _ ¡Sí, es verdad!
         Fue a confesarse ese mismo día. Realmente es una gran tontería no ser sincero en la confesión. De las enseñanzas que nos daba don Bosco sobre este punto recuerdo que nos decía que no había que hacer ninguna clase de negocios con el diablo y mucho menos prestarle la vergüenza. En efecto, el diablo nos pide la vergüenza para que pequemos y después nos la devuelve aumentada para que nos avergoncemos y no vayamos a la confesión.
También nos decía que si teníamos problemas con la digestión e íbamos al médico, sería absurdo callar la verdadera dolencia y decirle, por ejemplo, que nos dolía la cabeza. Así no podría curarnos nunca y estaríamos peor. Todavía más necio era callar en la confesión algo que sabíamos que teníamos que decir. En cambio, cuando uno se ha confesado bien, qué paz.
Domingo se confesaba cada ocho días y comulgaba a diario. Y siempre estaba contento. A veces la enfermedad lo cansaba, pero triste no lo vi nunca, y llorar, pocas veces. Ya conté que la primera vez fue cuando murió nuestro amigo Juan Massaglia. La segunda tuvo que ver con un suceso nada común que paso a relatar .

En la oscuridad

         Esa noche dormía yo plácidamente cuando sentí que me sacudían. Era Domingo.
         _ ¡Pronto, Cañón, ven conmigo!
         Rezongué un poco pero me incorporé.
         _ ¿Ya es la hora de despertarse?
         _ ¡Vístete y ven conmigo! _ me dijo mientras terminaba de ponerse los pantalones. Todo estaba oscuro y en silencio. Los gallos no habían cantado, algo extraño sucedía.
         Salimos del dormitorio y fuimos al cuarto de don Bosco. Por debajo de la puerta asomaba la luz. Como era frecuente, don Bosco estaba todavía trabajando. Domingo golpeó suavemente.
         Don Bosco, en mangas de camisa, abrió la puerta un poco sorprendido.
         _ ¡Pronto, venga con nosotros!
         _ ¿Adónde quieres llevarme?_ quiso saber don Bosco mientras se abrochaba los botones de su sotana.
         _ Vamos, pronto… ¡Enseguida!
         Salimos del Oratorio. En la entrada apareció la inconfundible figura del perro Gris. Caminamos en la noche a buen paso. Domingo iba delante. Llegamos a una casa y subimos por una escalera hasta el tercer piso.
         _ ¡Aquí es donde usted tiene que entrar!
         Y agitó fuertemente la campanilla.
         Se abrió la puerta. Se escucharon voces.
         _ ¡Oh! ¡Pronto! ¡Pase usted! ¡Lo ha enviado la Virgen Santísima!
         La puerta se cerró y quedamos afuera, sentados en los escalones Domingo y yo. El Gris montaba guardia al pie de la escalera. Don Bosco estuvo allí un rato, no muy largo. Dentro había un moribundo y su esposa. El hombre había abandonado la religión y en el momento de la muerte se había arrepentido y deseaba confesarse. Don Bosco lo asistió y al poco rato, el enfermo pasó a mejor vida.
         Regresamos al paso, rezando por el alma de este pobre hombre. Al llegar al portón de entrada, el Gris se perdió en la noche.
         _ Don Bosco, ¿puedo ir un momento a la iglesia a rezar por este difunto?
         Yo bostecé. Pero iría a la iglesia si Domingo iba.
         _ Domingo, _ quiso saber don Bosco _ ¿cómo has sabido que allí había un moribundo?
         Ante mi asombro, a Domingo se le llenaron los ojos de lágrimas.
         _ Está bien, dijo don Bosco, pueden ir a rezar un Padrenuestro y un Avemaría. Y después, a dormir.
         Fuimos a la iglesia y allí, de rodillas, Domingo lloró con mucho sentimiento. Esperé que se pusiera bien y subimos al dormitorio. Al día siguiente me costó levantarme y estuve con sueño todo el día.
         Don Bosco nos había advertido que llegaría un nuevo alumno y que lo recibiéramos. Se trataba de Francisco Cerruti. Y fuimos con Domingo a buscarlo durante el recreo:
         _ Tú debes ser Francisco, ¿de dónde vienes?
         _ De Saluggia.
         _ ¿A qué clase vas?
         Francisco se lo dijo. Yo bostecé.
         _ Entonces ya sabes latín.
         Yo volví a bostezar.
         _ ¿Sabes de donde viene la palabra sonámbulo? De somno ambulare: caminar durante el sueño. Yo estoy despierto pero este…
         Este era yo. Francisco sonrió. Momentos después estábamos batallando encarnizadamente por la pelota. Francisco era buen jugador. Domingo se quedaba en la defensa, atento a cualquier maniobra del equipo rival, era muy seguro y yo jugaba en la delantera y mis remates confirmaban mi sobrenombre, aunque no siempre fueran al arco.
         Como ya he dicho más arriba, don Bosco siempre aparecía en el patio a la hora del recreo. Buscó con la mirada a Francisco y al verlo jugando con nosotros sonrió.
         ¡El patio! Las mejores conquistas de don Bosco entre nosotros las hacía en los recreos, cuando la ruidosa banda que formábamos abandonábamos libros o herramientas y nos volcábamos en los patios y los pórticos.
         Ya he contado algunas historias sobre esto. Agregaré dos más. A uno de los recién llegados se le acercó y le dijo:
         _ ¿Quieres darme la llave?
         _ ¿Qué llave? ¿La de mi baúl?
         _ ¿Qué voy a hacer con la llave de tu baúl? ¡Dame la llave de tu corazón! ¡Ayúdame!
         _ ¿A qué, don Bosco?
         _ Ayúdame a salvar tu alma. Haremos así; primero una confesión de tu vida futura.
         _ ¿De mi vida futura? Eso no puede ser…
         _ Tienes razón. No importa. Haremos una confesión de tu vida pasada. Pero no te intranquilices; lo que tú no puedas decir, te lo dirá don Bosco.
         A otro le preguntó:
         _ ¿Cómo estás?
         _ Muy bien.
         _ ¿También tu alma?
         _ Pues, sí.
         _ ¿Si murieses esta noche, estarías contento?
         _ ¡Ah, no!
         _ Entonces, ¿por qué no te confiesas hoy?
         A los de la Compañía de la Inmaculada nos atendía con especial esmero. De allí saldrían más adelante los primeros miembros de la Congregación Salesiana. Yo no tenía vocación para el sacerdocio sino para la medicina y me imaginaba el futuro con una familia como la de mis padres, con los hijos que Dios quisiera enviarme. De la medicina, pensaba dedicarme especialmente a las enfermedades pulmonares. Se lo había dicho a don Bosco y le había parecido muy bien.
         _ Cañón, _ me dijo un día _ ¿sabes que San Lucas el evangelista era médico?
         _ ¿Cómo se sabe?
         _ San Pablo lo menciona en una de sus cartas, en concreto la que escribe a los cristianos de Colosas: “ Os saluda Lucas, el médico...”. Acompañó a San Pablo en varios de sus viajes.
         _ Eso está muy bien.
         _ Además, hay varias pistas en su evangelio, sobre todo si los comparamos con los otros.
         _ ¿Por ejemplo?
         _ Es el único que nos cuenta que Jesús volvió a ponerle la oreja en su lugar al siervo al que Pedro había lastimado con su espada.
         _ ¡Pedro me cae muy bien!
         _ Por el carácter, ¿eh?
         _ ¿Y qué otras pistas hay?
         _ Lucas distingue cuando se trata de un poseso del diablo o si se trata de un lunático. También es el único que nos cuenta que Jesús, Nuestro Señor, en la oración en el huerto sudó sangre. Y hay otra muy interesante. Mira.
         Me alcanzó el libro de los Evangelios donde había dos páginas señaladas con las cintas.
         _ Lee Marcos 5, 25.
         Era el primer pasaje señalado.
         “ Y una mujer que padecía flujo de sangre hacía doce años y que había sufrido mucho por parte de muchos médicos y gastado todos sus bienes sin aprovecharle nada, sino que iba de mal en peor…”
         _ No deja bien parados a tus colegas, ¿eh? No sólo la habían hecho sufrir mucho sino que la habían dejado en la ruina. En cambio, lee el pasaje paralelo, el de Lucas 8, 43.
         Leí en voz alta:
         “ Y una mujer que tenía un flujo de sangre desde hacía doce años, la cual había gastado toda su hacienda en médicos sin que ninguno hubiese podido curarla…”
         _ Cuenta lo mismo, pero es más suave con los médicos…
         _ Don Bosco, ya que hablamos de esto, me preocupa la salud de Mamá Margarita.
         _ Cuando algo te preocupe, que la consecuencia sea que hagas lo que puedas y te abandones en la Bondad de Dios.
         _ Sí, don Bosco.
         _ No tendremos a Mamá Margarita mucho más tiempo con nosotros.
         Lo dijo con una gran serenidad.
         _ Dentro de poco se nos irá al Cielo. Puede decir con toda verdad aquello de San Pablo: “ He luchado el buen combate, he concluido la carrera, he guardado la fe…”
         Pocos días después de esta conversación, el 25 de noviembre de 1856 moría Mamá Margarita. Había dejado todo para acompañar a su hijo en la aventura de servirnos a los chicos pobres, a ayudarnos en mil detalles para que no fuéramos unos bandidos. La reemplazaron su hermana Mariana y la mamá de Miguel Rúa.

El mejor compañero

         A fines de enero de 1857, el día de la fiesta de San Francisco de Sales, se realizaron elecciones entre todos los que formábamos parte del Oratorio para elegir al mejor compañero. Se votó durante la mañana y el recuento se hizo al mediodía. Domingo salió a esa hora para ir con su padre a ver un médico amigo de la familia.
         Nos sentamos en semicírculo y don Bosco metió la mano en un cesto, donde estaban las papeletas. Sacó una de ellas y leyó:
         _ Voto como mejor compañero a… ¡a Lucas Fiorini!
         Hubo una carcajada general. También don Bosco sonrió. Y sacó el segundo papel.
         _ Voto como mejor compañero a… ¡Domingo Savio!
         En una pizarra se habían escrito nuestros nombres y una marca para cada uno.
         _ Otro voto para Domingo Savio… y otro más… Voto como mejor compañero a Domingo Savio… y otro más…
         Aplaudimos a rabiar. Todos habíamos votado a Domingo excepto uno, el propio Domingo, claro, ¡que me había votado a mí!
         Si Domingo hubiera estado allí se habría puesto bastante nervioso. Lo habríamos llevado en andas por el patio. Pero en ese momento Domingo estaba recibiendo una noticia dolorosa: debía abandonar el Oratorio y volverse a Mondonio.
         Cuando regresó le conté lo de su elección, pero no me tomó en serio:
         _ Seguro que los amenazaste de muerte si no me votaban a mí.
         _ No fue así y tú lo sabes.
         _ De todos modos eso no convencerá al médico de que me quede en el Oratorio.
         _ Tal vez don Bosco…
         _ Don Bosco hará lo que le digan los médicos. Ya me lo ha dicho.
         Por esos días ingresó al oratorio Urbano Ratazzi. No era pobre, como lo éramos la casi totalidad de los que estábamos allí, sino que era sobrino de un ministro del gobierno. Y al llegar, pensó que lo estaríamos esperando con banderas tricolores flameando y le entregaríamos las llaves del Oratorio. La verdad es que lo tratamos como a todos. Esto lo molestó mucho y decidió llamar la atención por sus propios medios. A algunos los mareó contándole acerca de sus salidas de caza, sus propiedades, su yate...
         Ya con algunos seguidores, llenó de nieve la estufa del salón donde estaban jugando los más pequeños y estropeó la calefacción. Mientras los demás se morían de frío y de rabia, Urbano se reía disfrutando su hazaña. Pero no contaba con la llegada de Domingo.
         _ Has hecho mal, Don Bosco lo ha prohibido terminantemente.
         - ¡Me río de don Bosco!
         _ Aquí obedecemos a los superiores.
         _ Mi tío es ministro.
         _ Aquí el que manda es don Bosco. Y los que estamos aquí queremos obedecerle. Me imagino que los empleados del ministerio obedecerán a tu tío.
         _ ¡No tengo que obedecer a nadie! _ gritó Urbano, que urbanidad tenía más bien poca.
         _ Obedecer a nuestros superiores lo manda Dios en el cuarto mandamiento.
         Urbano se le acercó sonriendo.
         _ Bueno, no te pongas así. Sólo era una broma, ¿entiendes?
         Y sin aviso le dio un puñetazo en la cara.
         _ ¡Eso fue a traición! _ exclamó uno de los chicos.
         _ ¡Dale una lección, Domingo! _ gritó otro.
         El rostro de Domingo se encendió pero logró contenerse.
         _ ¡Nunca trates a otro de este modo!
         Urbano Ratazzi quedó sorprendido. Domingo, como si nada hubiera pasado se puso a quitar la nieve de la estufa. Los demás lo ayudaron. Urbano desapareció entre las sombras. Poco después decidía abandonar el Oratorio.

Domingo regresa a su casa

         El mismo día que Domingo se marchaba a Mondonio, yo también me mudaba. Don Bosco me había preguntado si tenía alguna dificultad en ocuparme de la enfermería. Así que al mismo tiempo hicimos las valijas, como había ocurrido aquel lejano 29 de octubre de 1854. Desde ese día habíamos compartido veintiocho meses en el Oratorio. Domingo tenía ahora catorce años y diez meses.
         Yo le conocía bien. Triste no estaba, pero si silencioso.
         _ Si a mí me mandaran a casa por un tiempo, no lo tomaría tan mal._ dije, mientras vaciaba el armario.
         _ Prefería acabar mis días en el Oratorio.
         _ ¡Qué cosas dices! Te vas a casa, y cuando te hayas restablecido, vuelves.
         _ Ah, eso sí que no. Ya no volveré más. Bueno, ya está todo guardado. Voy a ver a don Bosco. ¿Podrías citar a los de la Compañía de la Inmaculada a las doce, en el aula?
         _ Claro.
         La charla que tuvo con don Bosco fue la siguiente:
         _ ¿Cuál es el mejor método de que puede echar mano un enfermo para alcanzar méritos delante de Dios?
         _ Ofrecerle con frecuencia sus sufrimientos.
         _ ¿Y ninguna otra cosa más?
         _ Ofrendarle su vida.
         _ ¿Puedo estar seguro de que mis pecados han sido perdonados?
         _ Te aseguro, en nombre de Dios, que tus pecados han sido perdonados.
         _ ¿Puedo estar seguro de que me salvaré?
         _ Sí, contando con la divina misericordia, la cual no te ha de faltar, puedes estar seguro de salvarte.
         _ Y si el demonio me viene a tentar, ¿qué hago?
         _ Le dices que tu alma la tienes vendida a Jesucristo y que él te la compró con su Sangre.
         _ Desde el Cielo. ¿habrá manera de que pueda ver a mis compañeros del Oratorio y a mis padres?
         _ Sí, desde el paraíso verás la marcha del Oratorio y a tus padres también y mil otras cosas mucho más agradables aún.
         _ ¿Podré bajar alguna vez a visitarlos?
         _ Sí que podrás venir, siempre que ello redunde en mayor gloria de Dios.
         A las doce nos reunimos los de la Compañía. Rezamos todos juntos el Ángelus. De pie, nos dio una breve charla y nos animó a ser constantes en las promesas que habíamos hecho a María Santísima y a poner en ella toda nuestra confianza.
         Esa mañana se había confesado y había comulgado. Yo estaba seguro que él se pondría bien y que pocos días después regresaría.
         Lo acompañé hasta la salida. Nos encontramos con don Bosco.
         _ Puesto que no quiere usted estos mis cuatro huesos, me veo obligado llevármelos a Mondonio. ¡Por cuatro días que le iban a estorbar a usted! Si va a Roma no olvide el encargo que le di para el Papa acerca de Inglaterra.
         _ Se lo daré.
         En la calle lo esperaban sus padres. Un amigo de don Bosco se había ofrecido para llevarlos en su carro.
         _ Don Bosco, hágame un regalo que pueda conservar como un recuerdo suyo.
         _ Dime qué te agrada y enseguida te lo regalaré. ¿Quieres un libro?
         _ No, algo mejor.
         _ ¿Quieres dinero para el viaje?
         _ Eso precisamente. Dinero, pero para el viaje a la eternidad. Usted dijo que había conseguido del Papa algunas indulgencias plenarias para el momento de la muerte, póngame, a mí también en el número de los que pueden participar de dichas indulgencias.
         _ Sí, hijo mío; también te incluiré a ti en ese número, iré en seguida a poner tu nombre en la lista.
         Luego se dirigió a mí.
         _ Cañón, sé un buen médico.
         _ En cuanto me sea posible iré a visitarte a Mondonio.
         _ Te estaré esperando.
         Nos dimos un buen abrazo, y él subió al carro. Sonreía. El carro se puso en marcha y nos quedamos con don Bosco en la puerta hasta que dejamos de verlo.
         _ ¿Podré ir a visitarlo?
         _ Sí, en unos días podrás ir.
         Eran las dos de la tarde del primero de marzo.

Mi primer paciente

        
         El viaje de Turín a Mondonio fue grato. Pareció que el movimiento del coche, la sucesión de panoramas y la compañía de sus padres le habían sentado bien; por lo cual, ya en su casa a lo largo de cuatro días no necesitó guardar cama. Pero como sus fuerzas y su apetito disminuyeran y la tos fuera en aumento, decidieron llamar al médico. Este halló el mal mucho más grave de lo que parecía.
         _ Es necesario aplicar una sangría ahora mismo. Y por supuesto, debe guardar cama.
         Sacó de su maletín los instrumentos para sangrarlo.
         _ Lo mejor será que mires para otro lado. Es algo doloroso, pero si no miras, es diferente...
         _ ¿De veras?
         _ Bueno, haz cómo quieras. Pórtate como un hombre.
         _ ¿Qué es esto al lado de los sufrimientos de Cristo?
         Sorprendido, el médico realizó la operación. A Domingo no se le escapó una queja.
         Al día siguiente sus padres tuvieron la impresión de que estaba mejor. Pero Domingo no pensaba igual.
         _ Papá, quisiera confesarme y recibir la comunión.
         _ Si así lo quieres, llamaremos al párroco. Pero, realmente, creo que estás mejor.
         _ Ya vino el médico de la tierra. Es hora que venga el médico del Cielo.
         Esta frase la escuché desde la puerta, pues don Bosco me había enviado para acompañarlo.
         _ Mientras tanto, viene el médico del futuro...
         _ ¡Cañón! Ya no sabes qué hacer para escaparte de las clases.
         _ ¿Qué ha dicho el médico?
         Me contestó su padre:
         _ Que tiene pulmonía... y supone que con unas cuantas sangrías y algunos remedios, guardando reposo absoluto, se restablecerá.
         _ ¡Sangrías! ¿Cuántas?
         _ No lo sabemos. Tal vez tres, tal vez más.
         De la habitación de al lado llegó el llanto de un bebé.
         _ Disculpa, es Catalina... ¡Ya voy!
         _ Y yo debo volver a la herrería.
         _ Vayan, estoy muy bien acompañado. Y no se olviden de la comunión.
         _ Ya fue Felipe a avisarle al párroco.
         Cuando quedamos solos me confió que no deseaba conversar, prefería prepararse para comulgar.
         Pudo hacerlo muy bien. Salí de la habitación cuando llegó el párroco. Volví a entrar cuando el sacerdote me lo indicó. Domingo estaba haciendo su acción de gracias. Puse una silla junto a su cama y me puse a leer El joven cristiano, uno de los tantos libros escritos por don Bosco.
         _ Quien tiene a Jesús como amigo, no tiene nada que temer. Ni siquiera la muerte. _ me dijo Domingo.
         _ No, ni siquiera la muerte. ¿Cómo te sientes?
         _ Cuando la tos me da tregua, no me siento tan mal. Pero cuando regresa, solo puedo ocuparme de respirar. Me canso bastante.
         Se escuchaba la voz de su madre, hablando con sus hermanos.
         _ Mientras pueda trataré de molestar lo menos posible. Mis padres... ¡Si pudiese recompensarlos de algún modo...!
         _ Ahora deberías descansar.
         Sonrió.
         _ ¿Quién lo dice?
         _ Tu médico... que en este caso soy yo.
         _ Como usted diga, doctor.
         Pudo dormir algunas horas. Comí con sus padres. Estaban serenos y optimistas. Los hice reír contándoles el cuento del mono y el ají boliviano. Me preguntaban cosas de Domingo. Entonces le conté cómo su hijo había impedido mi pelea con Franco. Él no se los había contado.
         El médico vino por la tarde. Traía unas medicinas.
         _ Ésta _ me dijo_ cada cuatro horas, ¿entendido?
         _ ¿Qué cantidad?
         _ Una cuchara de sopa. Y después le das un terrón de azúcar, porque el gusto es horrible, pero la medicina es eficaz.
         _ ¿Va a sangrarlo otra vez?
         _ Sí, es necesario.
         Domingo le comentó que yo iba a ser médico.
         _ Mira con atención _ me dijo bromeando _ y si quieres mañana puedes hacer tu primera sangría.
         Al médico no le hizo gracia. Al salir comentó a los padres de Domingo que lo veía mejor. Había que esperar a que las medicinas hicieran efecto.
         Como fuera una hora en punto, le di la cucharada del remedio que había traído el doctor. Era de un gusto espantoso –después lo probé- pero no quiso tomar el azúcar que le ofrecí.
         _ No, gracias. Está bien así.
         No pasó una buena noche, ya que la tos lo atacó muy fuerte. Pero por la mañana descansó un rato. No tenía apetito y le costó mucho esfuerzo comer algo. Y cada cuatro horas, la cucharada del asqueroso remedio.
         El médico, cuando lo vio por la tarde, se mostró optimista:
         _ Demos gracias a Dios. La cosa va bien. La enfermedad está prácticamente vencida, sólo hace falta cuidar el reposo.
         Sus palabras alegraron a sus padres. Cuando el médico se fue, Domingo pidió que el párroco le administrara la Unción de los enfermos.
         _ Se lo pediré al párroco para complacerte, pero estás muy mejorado _ le dijo su mamá.
         Mientras esperábamos al párroco, me confió: “Cañón, a ti te lo puedo decir, ya no me queda mucho.”

"Estoy viendo cosas hermosas..."

         Era el lunes 9 de marzo. Después de recibir la Unción se quedó muy sereno y la tos se fue.
         Me pidió que rezara el rosario con él y después durmió un poco. Sus padres estaban desconcertados. Se lo veía débil pero el médico hablaba con tanta seguridad, ¿por qué no creerle? Le había hecho diez sangrías, le había dado remedios, todas sus prescripciones fueron cumplidas al pie de la letra.
         El párroco pasó por la tarde a ver como seguía Domingo. Éste le preguntó:
         _ ¿Qué se ha de hacer para recomendar el alma a un agonizante como éste?
         Y después de haber rezado algunas oraciones con él, iba a salir cuando Domingo le llamó y le dijo:
         _ Padre, antes de irse, tenga la bondad de darme un recuerdo.
         _ Por mi parte _ respondió_ no sabría qué recuerdo darte.
         _ Algún recuerdo que me consuele.
         _ Como no sea que te acuerdes de la Pasión de nuestro Señor...
         _ ¡Sean dadas gracias a Dios! La Pasión de nuestro Señor Jesucristo esté siempre en mi mente y en mi corazón.
         Después de estas palabras se adormeció y descansó una media hora. Al despertar se volvió hacia sus padres y dijo:
         _ Papá, ya es el momento.
         _ Aquí estoy, hijo mío. ¿Qué necesitas?
         _ Papá, léeme las letanías de la buena muerte que están en El joven cristiano.
         A estas palabras, su mamá se puso a llorar y se alejó de la habitación. Se le partía al padre el corazón de dolor y las lágrimas le ahogaban la voz. Con todo, cobró ánimos y empezó a leer las oraciones. Domingo las repetía con voz clara.
         Su padre leyó: “ Finalmente, cuando mi alma comparezca ante Vos y vea por vez primera el esplendor de vuestra majestad, no la arrojéis Señor de tu presencia, dígnate acogerla en vuestra misericordia para que eternamente cante vuestras alabanzas...”
         _ Ese es mi deseo... _ dijo Domingo.
         Pareció ensimismarse en la meditación de algo importante. Después pareció conciliar el sueño otra vez. Poco después despertó:
         _ Adiós papá. Adiós Cañón. Reza mucho por mí.
         _ Lo haré.
         Me sonrió. Después dijo:
         _ El señor cura quiso decirme algo más y no lo recuerdo...
         Cerró los ojos.
         _ Estoy viendo cosas hermosas...
         Estas fueron las últimas palabras de mi mejor amigo. Después inclinó levemente la cabeza y murió. Eran las diez de la noche.

 

"Yo también quiero ser santo"

Dios me dio fuerzas para consolar a sus padres y hermanos. El papá me dictó entre sollozos una carta para don Bosco que me ocupé de enviar inmediatamente. Empezaron a llegar amigos y parientes. Los atendí lo mejor que pude. Todos lo consideraban un santo, empezando por el párroco. Su padre me regaló el pequeño devocionario que había sido de Domingo. En la primera hoja había escrito: “Servir a Dios con alegría”. Era un buen resumen de su vida.
Cuando finalmente pude alejarme un poco de la casa, estaba amaneciendo y en la soledad de un bosque cercano pude llorar la pérdida de mi mejor amigo. Me pasaron por la memoria tantos hechos vividos juntos en el Oratorio: cuando llegamos, el desafío en el Prado de la Ciudadela, la enferma de cólera, la Compañía de la Inmaculada, tantas conversaciones, tantas horas de estudio, tantas bromas...
         De regreso al Oratorio fui a ver a don Bosco, que me dio un afectuoso abrazo. Luego conversamos caminando por el patio desierto. Desde las aulas nos llegaba el rumor de las clases.
         _ ¿Recuerdas cómo le impresionó aquella plática sobre la santidad? “Es voluntad de Dios que todos seamos santos; es fácil conseguirlo; a los santos les está preparado un gran premio en el cielo”
         _ Sí que lo recuerdo.
         _ Y esto, ¿lo recuerdas?
         Me mostró aquel papel que Domingo había escrito el día en que don Bosco celebraba su santo: “ Pido que usted salve mi alma y me haga santo.”
Sonreí.
         _ Sí, don Bosco. ¡Ese día yo pedí un cucurucho de castañas asadas!
         Entonces me emocioné mucho y se me saltaron las lágrimas.
_ Cañón, no estés triste. No has perdido un amigo. Ahora te ayudará más que antes.
Caminamos en silencio unos momentos.
         _ Sí, es cierto. Le pediré... ¡tantas cosas!
         _ Bien dicho, pero ahora soy yo quien te pide algo.
_ ¿Qué desea que haga?
_ Escribe tus recuerdos sobre Domingo. Le he pedido lo mismo a otros. Pero tu testimonio me interesa especialmente.
         _ ¿Escribirá un libro sobre él?
         _ Es probable. Pero además se necesitará esa información para su proceso de canonización. No lo veremos ni tú ni yo, Lucas, pero Domingo llegará a los altares.
         Habíamos llegado a la puerta de la Iglesia.
         _ Cañón, eres afortunado. Tu mejor amigo es un santo.
         Don Bosco me palmeó la mejilla y se alejó. Entré a la iglesia y me arrodillé frente al Sagrario.
         _ Señor, yo también... _ recé conmovido_ yo también quiero ser santo... ¡Pero cuánto me vas a tener que ayudar!
         Y entonces comenzó otra historia.

 

Durante el pontificado de Pío IX se restablecieron las relaciones de la Santa Sede con Inglaterra y se produjeron numerosas conversiones, entre ellas, la del futuro Cardenal Newman.
Domingo Savio fue canonizado en Roma el 12 de junio de 1954 por Su Santidad, Pío XII.
La Iglesia celebra su fiesta el 9 de marzo.

 

Bibliografía

San Juan Bosco, "Obras fundamentales", por Juan Canals Pujol y Antonio Martínez Azcona. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1978.
Hugo Wast, "Don Bosco y su tiempo", Madrid,1987
El cuento que Don Bosco le cuenta a "Cañón" esta sacado de "Cuentos Rodados", de Mamerto Menapace, Ed. Patria Grande, Buenos Aires. Es el cuento titulado "Los anteojos de Dios".
 

 

 

 

 

 

 



 

© QuieroSerSanto.com - 2008