Josué Benjamín Figueroa descubrió su pasión por la escultura siendo un niño. Hoy, con apenas dieciséis años, es uno de los escultores más jóvenes y reconocidos de Venezuela — y ha convertido su talento en una forma de servir, inspirar y hablar de Dios.
De un juguete a una vocación
Todo empezó antes de cumplir los cuatro años. Un día quiso un juguete que sus padres no podían comprar, y su padre le puso en las manos un poco de plastilina con una lección que le cambiaría la vida: con aquel material podía crear lo que quisiera. Josué empezó a modelar… y nunca dejó de hacerlo.
Lo que nació como un juego se fue convirtiendo, con los años y muchas horas de práctica autodidacta, en una verdadera vocación. De la plastilina pasó a la arcilla y, después, a grandes estructuras y esculturas monumentales en resina y fibra de vidrio.
De la plastilina a esculturas de seis metros
Su mundo de plastilina (@mundodeplastilinadejosue) le hizo conocido en redes sociales. De ahí llegó a tener su propio programa en Nickelodeon, «El taller de Josué», a recibir el premio «Inspiración del Año» en los Kids Choice Awards 2021, a abrir su propia galería de arte en Caracas y a publicar un libro. Hoy está considerado uno de los escultores más jóvenes de Latinoamérica.
Una de sus obras más impresionantes es una escultura de seis metros de San Agustín de Hipona, patrono de su ciudad, Guacara, con la que aspira a entrar en el Récord Guinness.
El arte al servicio de la fe
Una parte muy especial de su trayectoria tiene que ver con la fe. Ha creado esculturas de santos y figuras religiosas —San Agustín, Santa Mónica, San Antonio de Padua, la Virgen María, Jesús— y firmó la mayor escultura del mundo dedicada al Dr. José Gregorio Hernández, el «médico de los pobres». En 2026 realizó además un Jesucristo de cinco metros de altura destinado a Estados Unidos.
Josué reconoce que detrás de sus obras hay mucho más que habilidad: hay disciplina, esfuerzo, fe, entrega y amor por lo que hace. «Le doy gracias a Dios por darme la habilidad de crear esculturas para mi país y poder inspirar a muchos jóvenes», dice.
Un talento que se vuelve misión
Lo más bonito de su historia no está solo en lo que ha conseguido, sino en cómo lo vive. Josué ha descubierto que un talento no es únicamente algo que uno tiene: también puede convertirse en una forma de servir y de inspirar a los demás. Por eso anima a otros jóvenes a descubrir sus dones y a luchar por sus sueños: «Sigan sus sueños y siempre luchen por ellos.»
Su historia nos recuerda algo muy sencillo: Dios ha puesto algo especial en cada persona. Quizá no sea la escultura; quizá sea la música, el deporte, la tecnología, la capacidad de escuchar, dibujar, enseñar, cuidar a otros, hacer reír o crear cosas nuevas. La santidad también consiste en descubrir esos dones, trabajarlos con constancia y ponerlos al servicio de los demás.
Nunca somos demasiado jóvenes para descubrir una vocación y empezar a construir algo grande con lo que Dios ha puesto en nuestras manos.


