Vivir la fe en casa, sin ser un experto
No hace falta una gran catequesis familiar. Una santidad cotidiana, hecha de gestos pequeños y constantes, cambia mucho más de lo que parece.
Una noche a la semana, todos los móviles fuera de la mesa. No hace falta anunciarlo como una norma: basta con proponerlo y ver qué pasa cuando la conversación es lo único que hay encima de la mesa.
“Dad gracias en toda ocasión.”
1 Ts 5,18
Antes de dormir, o en el coche de camino a algún sitio: treinta segundos juntos son suficientes. Lo importante no es la duración, es que sea en familia y de verdad.
“Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.”
Mt 18,20
Al terminar el día, que cada uno diga tres cosas buenas que le han pasado, por pequeñas que sean. Cambia el foco de lo que falló a lo que Dios regaló ese día.
“Estad siempre alegres. Orad sin cesar. Dad gracias en toda ocasión.”
1 Ts 5,16-18
Cinco minutos de videollamada o de teléfono, sin motivo especial. Es una forma sencilla de vivir el cuarto mandamiento y de recordar que la familia no acaba en casa.
“Honra a tu padre y a tu madre.”
Ex 20,12