¿Cómo se despide uno de verdad de sus padres cuando llega el momento?
No hay una forma perfecta ni un guion que haga que ese momento duela menos —es, sencillamente, una de las despedidas más difíciles que existen. Decir lo que de verdad se siente, sin esperar a «encontrar las palabras exactas», suele ser mejor que quedarse callado por miedo a no decirlo bien.
La fe no promete que ese adiós no duela, promete algo distinto: que no es un adiós definitivo sin más esperanza. Encomendar a esa persona, con las mismas palabras con las que Jesús entregó su propio espíritu al final, puede ser también tu forma de despedirte con paz, aunque el dolor siga siendo real.
Para el cristiano, la certeza de la muerte no ensombrece este momento, sino que lo ilumina con la esperanza de la vida eterna; las exequias expresan el carácter pascual de la muerte cristiana.
«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.»