¿Por qué Dios permite el sufrimiento?
Es probablemente la pregunta más difícil de toda la fe, y no hay una respuesta que la haga «indolora». Lo que sí sabemos es que Dios no es un espectador lejano del dolor: en Jesús, Dios mismo entró en el sufrimiento humano — el hambre, el rechazo, la tortura, la muerte — para acompañarlo desde dentro, no explicarlo desde fuera.
Mucho del sufrimiento viene del mal uso de la libertad humana (guerras, injusticias, egoísmo), no de Dios. Y aunque no siempre entendamos el «por qué» de cada dolor concreto, la fe sostiene que ni siquiera el sufrimiento tiene la última palabra: Dios puede sacar bien incluso de ahí, sin que eso signifique que el mal deje de ser real.
Dios permite el mal para sacar de él un bien mayor, sin que esto haga el mal menos real ni menos doloroso.
«Sabemos que todas las cosas cooperan para bien de los que aman a Dios.»