La mujer que lloró tanto que mojó los pies de Jesús con sus propias lágrimas
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Hoy te voy a contar cómo una mujer, conocida en su pueblo por ser «pecadora», se atrevió a entrar sin ser invitada en la casa de un fariseo, solo para llorar a los pies de Jesús y limpiarlos con sus propias lágrimas.
Un fariseo llamado Simón invitó a Jesús a comer en su casa, algo poco habitual pero no imposible en aquella época, cuando Jesús todavía generaba mucha curiosidad entre los líderes religiosos. Durante la comida, entró una mujer «que era pecadora», conocida públicamente por su mala reputación, llevando consigo un frasco de alabastro con perfume.
La mujer se colocó detrás de Jesús, a sus pies, y «llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume». Un gesto de una intimidad y una humildad extraordinarias, delante de todos los invitados presentes, sin ningún miedo a lo que pudieran pensar de ella.
Simón, al ver aquello, pensó para sus adentros: «Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora». Jesús, conociendo su pensamiento, le contó una breve parábola sobre dos deudores, uno que debía mucho más que el otro, a los que un acreedor perdonó ambas deudas por igual, y le preguntó cuál de los dos amaría más a quien lo había perdonado. Simón respondió correctamente: «aquel a quien perdonó más».
Jesús comparó entonces el comportamiento de Simón, que ni siquiera le había ofrecido agua para lavarse los pies como marcaba la cortesía habitual, con el de la mujer, que había lavado sus pies con lágrimas: «A causa de lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas al que se le perdona poco, poco ama». Se dirigió después directamente a la mujer: «Tus pecados te son perdonados... tu fe te ha salvado, ve en paz». El amor y el perdón, en esta historia, aparecen íntimamente unidos: quien más se sabe perdonado es quien más profundamente ama.
📖 Lucas 7,36-50
🎬 Ficha de reparto
La mujer pecadora
Llora a los pies de Jesús y unge sus pies, recibiendo el perdón de sus pecados.
Simón el fariseo
Juzga en silencio a la mujer y recibe de Jesús una lección sobre el amor y el perdón.
💡 La moraleja
El amor sincero hacia Dios crece en proporción a cuánto reconocemos nuestra propia necesidad de perdón. Esta mujer, sin importarle lo que pensaran de ella, mostró un amor mucho más profundo que quien se creía ya suficientemente correcto.
🙏 Una oración antes de dormir
Señor, ayúdame a reconocer con sinceridad mi propia necesidad de tu perdón, y que ese reconocimiento se traduzca en un amor más profundo hacia ti, como el de esta mujer. Amén.