Domingo SavioQUIERO SER SANO
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Antiguo TestamentoDía 9 de 365
🌙 Buenas Noches

La zarza que ardía sin quemarse

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Hoy te voy a contar cómo un pastor que huía de su pasado se encontró, en mitad del desierto, con un arbusto en llamas que no se consumía — y una misión que no se sentía capaz de cumplir.

Moisés había nacido hebreo en Egipto, pero se había criado en la casa del faraón después de que su madre lo escondiera de niño en una cesta por el río Nilo. De adulto, tras matar a un egipcio que maltrataba a un esclavo hebreo, tuvo que huir al desierto de Madián, donde se hizo pastor y rehízo su vida, lejos de todo.

Un día, cuidando el rebaño, vio algo extraño: una zarza ardiendo en llamas que no se consumía. Se acercó a mirar, y desde la zarza Dios le habló: «Quítate las sandalias, porque el lugar que pisas es tierra santa». Dios le dijo que había visto el sufrimiento de su pueblo esclavizado en Egipto, y que Moisés sería quien lo liberara.

Moisés puso mil excusas: «¿Quién soy yo para ir al faraón?», «No sé hablar bien», «¿Y si no me creen?». Dios respondió a cada una: le prometió estar con él, le dio señales para demostrar su misión, y hasta le mandó a su hermano Aarón para que hablara por él.

Cuando Dios le reveló su nombre, dijo algo que ha resonado durante milenios: «Yo Soy el que Soy». Con ese nombre y esa promesa, Moisés, el hombre que se creía incapaz, volvió a Egipto a enfrentarse al faraón más poderoso del mundo conocido.

📖 Éxodo 3

🎬 Ficha de reparto

Moisés

Criado en la corte egipcia, huido al desierto, llamado por Dios para liberar a su pueblo.

Dios (en la zarza)

Se revela a Moisés y le encarga la misión de sacar a Israel de la esclavitud.

💡 La moraleja

Cuando Dios te llama a algo grande, es normal sentirte pequeño e incapaz — Moisés también lo sintió. Pero la misión no depende de lo capaz que te sientas, sino de que Dios ha prometido ir contigo.

🙏 Una oración antes de dormir

Señor, cuando sienta que no valgo para lo que me pides, recuérdame que tú vas conmigo. Dame la humildad de reconocer mis límites y la fe de confiar en tu fuerza, no en la mía. Amén.