Mis queridos hijos en Jesucristo:
Cerca o lejos, yo pienso siempre en vosotros. Uno solo es mi deseo: que seáis felices en el tiempo y en la eternidad. Este pensamiento y este deseo me han impulsado a escribiros esta carta. Siento, queridos míos, el peso de la distancia a que me encuentro de vosotros, y el no veros ni oíros me causa una pena que no podéis imaginar. Son palabras de quien os ama tiernamente en Jesucristo y tiene el deber de hablaros con la libertad de un padre.
Ya os he dicho que sois el único y continuo pensamiento de mi mente. Una de las noches pasadas, me había retirado a mi habitación y, mientras me disponía a descansar, comencé a rezar las oraciones que me enseñó mi buena madre; y en aquel momento, no sé bien si víctima del sueño o fuera de mí por alguna distracción, me pareció que se presentaban delante de mí dos antiguos alumnos del Oratorio.
Uno de ellos se me acercó y, saludándome afectuosamente, me dijo: «¡Oh, don Bosco! ¿Me conoce?». «Sí que te conozco», le respondí. Era Valfré, que estaba en el Oratorio antes de 1870. «¿Quiere ver a los jóvenes que estaban en el Oratorio en mis tiempos?». «Sí, házmelos ver; eso me proporcionará una gran alegría».
Entonces Valfré me mostró a todos los jovencitos con el mismo semblante, edad y estatura de aquel tiempo. Me parecía estar en el antiguo Oratorio en tiempo de recreo. Era una escena llena de vida, de movimiento y de alegría. Quien corría, quien saltaba, quien jugaba a la pelota; en un sitio un sacerdote contaba una historia rodeado de muchachos, en otro un clérigo jugaba con su grupo. Se cantaba, se reía por todas partes; y entre jóvenes y superiores reinaba la mayor cordialidad y confianza.
La familiaridad engendra afecto, y el afecto, confianza. Esto es lo que abre los corazones.
En tanto, se acercó a mí otro antiguo alumno, de barba completamente blanca —era José Buzzetti— y me dijo: «Don Bosco, ¿quiere ver ahora a los jóvenes que están actualmente en el Oratorio?». Vi entonces el Oratorio y a todos vosotros en recreo. Pero no oía ya gritos de alegría ni canciones; no contemplaba aquel movimiento, aquella vida de la primera escena. En el rostro de algunos jóvenes se notaba una tristeza, una desgana, una desconfianza que causaron gran pena en mi corazón. Muchos estaban solos, apoyados en las columnas; otros paseaban lentamente, hablando en voz baja.
«¿Ha visto a sus jóvenes?», me dijo. «Sí que los veo», le contesté suspirando. «¡Qué diferentes son de lo que éramos nosotros!». «Pero ¿cómo animar a estos jóvenes para que recobren la antigua vivacidad, alegría y expansión?». Y me respondió: «Con la caridad».
«¿Con la caridad? Pero ¿es que mis jóvenes no son bastante amados? Tú sabes cuánto los amo, cuánto he sufrido y tolerado por ellos durante cuarenta años». «No me refiero a usted», me dijo. «Lo veo y lo sé; pero esto no basta: falta lo mejor». «¿Qué falta, pues?».
Que los jóvenes no sean solamente amados, sino que se den cuenta de que se les ama.
«¿Qué se requiere, pues?». «Que, al ser amados en las cosas que les agradan —participando en sus inclinaciones—, aprendan a ver el amor también en aquellas cosas que les agradan poco, como son la disciplina, el estudio y la mortificación; y que aprendan a obrar con generosidad y amor».
«Observe a los jóvenes en el recreo», me dijo. Me fijé y vi que eran muy pocos los sacerdotes y clérigos mezclados entre los jóvenes, y muchos menos los que tomaban parte en sus juegos. Los superiores ya no eran el alma de los recreos: paseaban hablando entre sí, sin advertir lo que hacían los alumnos. Y los muchachos buscaban la manera de alejarse de sus maestros.
«En los primeros tiempos del Oratorio —me recordó—, ¿usted no estaba siempre en medio de los jóvenes, especialmente en el recreo? Era una alegría de paraíso, porque el amor lo regulaba todo, y nosotros no teníamos secretos para don Bosco». Le respondí que ahora las audiencias, las ocupaciones y la falta de salud me lo impiden. «Pero ¿por qué sus salesianos no se convierten en sus imitadores?».
Que amen lo que agrada a los jóvenes, y los jóvenes amarán lo que es del gusto de los superiores.
«La causa del cambio del Oratorio es que un buen número de jóvenes no tienen confianza con los superiores. Antiguamente los corazones estaban abiertos; ahora los superiores son considerados solo como tales y no como padres, hermanos y amigos; por eso son más temidos que amados. Si se quiere hacer un solo corazón y una sola alma, por amor a Jesús, hay que romper esa barrera fatal de la desconfianza y sustituirla por la confianza más cordial».
«¿Cómo hacer para romper esta barrera?». «Familiaridad con los jóvenes, especialmente en el recreo».
Sin familiaridad no se demuestra el afecto, y sin esta demostración no puede haber confianza. El que quiere ser amado, es menester que demuestre que ama.
«Jesucristo se hizo pequeño con los pequeños y cargó con nuestras enfermedades. ¡He aquí el maestro de la familiaridad! El maestro al que solo se ve en la cátedra es un maestro y nada más; pero si participa del recreo de los jóvenes, se convierte también en hermano. Si a uno se le ve en el púlpito predicando, se dirá que cumple con su deber; pero si se le ve diciendo en el recreo una buena palabra, esa palabra proviene de una persona que ama».
El que sabe que es amado, ama; y el que es amado lo consigue todo, especialmente de los jóvenes. Esta confianza establece como una corriente eléctrica entre jóvenes y superiores.
«¿Por qué se quiere sustituir la caridad por la frialdad de un reglamento? Al sistema de prevenir, vigilar y corregir amorosamente los desórdenes se le quiere reemplazar por otro más fácil y más cómodo para el que manda: promulgar la ley y hacerla cumplir mediante los castigos, que encienden odios y acarrean disgustos. Si se desea que reine la antigua felicidad, hay que poner en vigor el antiguo sistema: el superior sea todo para todos».
Le pregunté cuál era el medio principal para que triunfase semejante familiaridad. «La observancia exacta del reglamento de la Casa», me respondió. «¿Y nada más?». «El mejor plato en una comida es la buena cara».
A la noche siguiente volví a soñar el mismo patio. Pregunté qué debía decir a los jóvenes, y me respondió: «Que reconozcan los trabajos que se imponen los superiores por amor a ellos; que recuerden que la humildad es la fuente de toda tranquilidad; que sepan soportar los defectos de los demás, pues la perfección no se encuentra en el mundo sino en el paraíso; que dejen de murmurar, pues la murmuración enfría los corazones; y, sobre todo, que procuren vivir en gracia de Dios».
«Es tiempo de rezar y de tomar firmes resoluciones; de cumplir, no de palabra sino de hecho, y de demostrar que los Comollo, los Domingo Savio, los Besucco y los Saccardi viven aún entre nosotros».
«Predica a todos, mayores y pequeños, que recuerden siempre que son hijos de María Santísima Auxiliadora, que los ha reunido aquí para librarlos de los peligros del mundo, para que se amen como hermanos y den gloria a Dios con su buena conducta».
Concluyo: ¿sabéis qué es lo que desea de vosotros este pobre anciano que ha consumido toda su vida buscando el bien de sus queridos jóvenes? Pues solamente que vuelvan a florecer los días felices del antiguo Oratorio: las jornadas del afecto y de la confianza entre los jóvenes y los superiores, los días de los corazones abiertos a la sencillez, los días de la caridad y de la verdadera alegría para todos.
Pongámonos, pues, todos de acuerdo. La caridad de los que mandan y la caridad de los que obedecen haga reinar entre nosotros el espíritu de San Francisco de Sales. La festividad de María Auxiliadora debe ser el preludio de la fiesta eterna que hemos de celebrar todos juntos un día en el paraíso.
Vuestro afectísimo en Jesucristo, JUAN BOSCO, Pbro. — Roma, 10 de mayo de 1884.