«Iuvenum Patris» («Del padre de los jóvenes») es la carta apostólica que san Juan Pablo II dirigió al rector mayor de los salesianos, don Egidio Viganò, el 31 de enero de 1988, al cumplirse el primer centenario de la muerte de Don Bosco. En ella el Papa relee la figura y el método educativo del santo para la Iglesia y la juventud de hoy. Recogemos aquí sus ideas y pasajes centrales.
I. Un amigo de los jóvenes. En un Turín sacudido por la revolución industrial, con multitud de jóvenes pobres explotados o abandonados, Don Bosco destaca por su clara inspiración cristiana y su resuelta iniciativa. El papa Pío XI no vaciló en definirlo «educator princeps», maestro por excelencia de los educadores.
Me basta que seáis jóvenes para que os quiera con toda mi alma.
El Papa subraya que Don Bosco realizó su propia santidad precisamente educando, y que supo proponerla como meta: es educador santo, discípulo de un santo —José Cafasso—, inspirado en un santo —Francisco de Sales— y capaz de formar a un alumno santo, Domingo Savio.
II. El mensaje profético: el Sistema Preventivo. Su rasgo más original es la praxis educadora que él llamó «sistema preventivo», síntesis de sabiduría pedagógica que legó a la Iglesia. «Preventivo» no significa solo evitar el mal, sino el arte de educar en positivo, de hacer crecer al joven desde dentro y de ganarse su corazón.
En todo joven, por marginado o perdido que se encuentre, hay energías de bien que, bien cultivadas, pueden llevarle a optar por la fe y la honradez.
En el centro está la «caridad pastoral», que se resume en el célebre trinomio: razón, religión y amor. La razón valora a la persona, su libertad y su preparación para la vida —«ser ciudadano ejemplar, porque se es buen cristiano»—. La religión hace de la Eucaristía, la Penitencia y la devoción a María los «pilares del edificio de la educación». Y el amor es la entrega diaria del educador, el estar con los jóvenes.
Lo importante no es solo querer a los jóvenes, sino que se den cuenta de que son amados.
El Papa destaca la «familiaridad» y el «espíritu de familia» como claves del método, y el valor del patio, el juego, la música y el teatro: allí, en la alegría de las relaciones, el educador se hace «padre, hermano y amigo», no un simple superior.
III. Una urgencia para hoy. «Ir a los jóvenes» es la primera urgencia de la educación. Frente a los peligros del mundo actual, el Papa presenta la propuesta de Don Bosco como una «pedagogía realista de la santidad» y lo define «maestro de espiritualidad juvenil»: su secreto fue no decepcionar las aspiraciones profundas de los jóvenes —vida, amor, alegría, libertad, futuro— y llevarlos a descubrir que solo en la amistad con Cristo se alcanzan en plenitud.
Por vosotros estudio, por vosotros trabajo, para vosotros vivo, y por vosotros estoy dispuesto incluso a dar mi vida.
Recuerda el papel insustituible de la familia, de la escuela, del trabajo y de los grupos juveniles, y anima a los educadores —especialmente a los sacerdotes— a no desanimarse: «No os desaniméis en el extraordinario camino de amor que es la educación».
La educación es cosa de corazón; y debemos lograr que Dios entre en el corazón de los jóvenes, no solo por la puerta de la iglesia, sino también por la de la clase y el taller.
Concluye encomendando a los jóvenes y a sus educadores a María Auxiliadora, para que lleguen a ser «hombres nuevos para un mundo nuevo». — San Juan Pablo II, Roma, 31 de enero de 1988.