Domingo SavioQUIERO SER SANO
📜 San Juan Bosco · 1873–1875

Memorias del Oratorio

La autobiografía de Don Bosco

Turín · 1873–1875

No con golpes, sino con la mansedumbre y con la caridad deberás ganarte a estos tus amigos.

Las Memorias del Oratorio son la autobiografía que Don Bosco escribió, ya anciano, por obediencia al papa Pío IX. No quería que se publicaran: «escribo para mis queridísimos hijos salesianos». Recogemos aquí, con sus propias palabras, algunos de los episodios que él mismo contó.

Nació el 16 de agosto de 1815 en I Becchi. Perdió a su padre antes de cumplir dos años y creció en la pobreza con su madre, Mamá Margarita. Ya de niño reunía a sus compañeros: hacía juegos de acrobacia y de magia y, a cambio, les pedía que rezaran y escucharan el sermón que había oído el domingo.

El sueño de los nueve años. Hacia los nueve años tuvo el sueño que marcaría su vida. Se vio en un patio lleno de muchachos: unos jugaban y muchos blasfemaban. Se lanzó a hacerlos callar a puñetazos, cuando apareció un hombre venerable, de rostro luminoso, que lo llamó por su nombre y le dijo:

No con golpes, sino con la mansedumbre y con la caridad deberás ganarte a estos tus amigos.

Junto a aquel hombre apareció una Señora de aspecto majestuoso, y los muchachos, que se habían convertido en fieras, se transformaron en mansos corderos. Juanito, confuso, se echó a llorar y pidió que le explicaran lo que veía; ella le respondió que lo comprendería a su tiempo. Aquel sueño se convertiría en el programa de toda su vida.

Su afán por estudiar chocaba con la pobreza y con la oposición de su hermano Antonio. Un capellán, don Calosso, lo tomó bajo su protección; y a los trece años tuvo que marcharse a servir a la granja de los Moglia. Ya estudiante en Chieri, fundó con sus amigos la «Sociedad de la Alegría»:

Cada uno debía buscar los libros y las conversaciones que ayudaran a estar alegres; se prohibía todo lo que causara tristeza, y sobre todo lo contrario a la ley del Señor.

Ordenado sacerdote en 1841, su madre le dijo que empezar a decir misa era empezar a sufrir. En Turín, san José Cafasso lo llevó a conocer las cárceles y los barrios pobres, donde vio a tantos jóvenes abandonados.

El primer muchacho. El 8 de diciembre de 1841, fiesta de la Inmaculada, mientras se revestía para la misa, el sacristán echaba a golpes a un jovencito que no sabía ayudar. Don Bosco lo hizo llamar, lo trató con cariño y le preguntó su nombre. El chico respondió:

Me llamo Bartolomé Garelli.

Comenzaron rezando juntos un Avemaría. De aquel encuentro nació el Oratorio de San Francisco de Sales: un lugar donde los chicos podían jugar, aprender un oficio, estudiar y rezar. Tras años sin techo fijo, el 8 de diciembre de 1844 se bendijo por fin una capilla propia, y Don Bosco celebró la misa «derramando lágrimas de consuelo».

Años después, al volver a I Becchi y contemplar el lugar de aquel sueño, no pudo contener las lágrimas:

¡Cuán maravillosos son los designios de la divina Providencia! Verdaderamente, Dios sacó de su tierra a un pobre niño para colocarlo entre los primeros de su pueblo.

Estas son solo algunas páginas de las Memorias del Oratorio, que abarcan desde su infancia hasta 1855. En ellas Don Bosco no quiso dejar una crónica, sino una lección para sus hijos: mostrarles, con su propia historia, cómo Dios va guiando con ternura a quien se fía de Él.